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zaidas por la soledad, añorando a la íamilia. Se nos acarea serio, con la mano extendida, como si quisiera darnos ei pésame: Caray, ssñorita, ya sabe donde nos tiene. Mi mujer o cualquisi a de las crías puede instalarse en su piso para liacsrla compañía, no tiene más que decirlo, y liarás si nD 3 sita cualquier cosa. La üstaquia subirá cada niaflana a ocuparse de su dssayuno... Nos estremecemos. Adiós ternera fría en la mesilla de noc ie. sagrada y dsliciosa libertad, radio a- todo meter, paseos por la casa en la más comprometedora de las toiíettes -Que no se molesite. Tengo que salir tempranísimo porque en la oficina hacemos- Jornada intensiva, y- -añadimos con cierto orgullo- me he quedado aquí para trabajar. F- S ltarla otra cosa. La üstaquia sube desde mañana mismo a hacerle a usted el café, un poco burra es, pera trabajadora, mejorando lo presente. En cuanto vi marcharse a su santa mamá me dije: de la pobre señorita del quinto no hay más remedio que ocuparse... Abrimos la puerta un tanto enfriado nuestro entusiasmo, pero en cuanto captamos todo el encanto de ios cuartos silsncicsos, con sus muebles fenfundados, las persianas bajas y un libro amigo esperándonos en el rincón favorito, volvemos a sentirnos plenamente felices. Una vez puesto un disco de música negra a la máxima potencia, nos duchamos, coreando la metodía a gritos, con la puerta abierta del cuarto de baño y llenando el suelo de charcos. Luego nos instalamos en la cocina, descalzas y felices, para abrir esa lata de sardinas que, unida a la caja de bombones que acaba de m; an, darnos el amigo periodista, constituirá nuestra única csna. Si estuviera aquí nuestra santa madre, justo en Miranda ahora, no dejaría de decirnos, y con toda la razón, que podemos clavamos algo o coger una pulmonía con los pies desnudos sobre las baldosas, y que las sardinas y el chocolate nos van a sentar como un tiro. La dedicamos el más cariñoso de los recuerdos. Las mujeres, cuando: nos quedamos en verano ds Rddrfeuez en la ciudaá, casi no salimos de casa. AI contrario de los catoalleros casados que eStán deseando facturar a la familia hacia la sierra para no parar un momento, nosotras lo que queremos es hacer lo que nos da la gana desde que amanece hasta que anochece, sin horas, ni orden, ni riñas, pero siempre en casa. Nos organizamos una deliciosa bohemia solitaria a base de manzanas, novelas policíacas, zapatillas en chancleta y muchísimas horas de cama. Sólo nos ponEmoB los zapatos para ir a la oficina, únicamente nos peinamos cuando es absolutamente necesario, no nos pintamos nimca. Comemos jamón en dulce, fruta, mojama, pasteles y verdaderas toneladas de chocolate. Jamás lavamos un cacharro ni hacemos una cama, tareas que realizan cuidadosamente y con orgullo toldos los caballeros en las mismas, circunstancias. Revolvemos los armarios, pasamos horas y horas pensando en nuestras cosas, a veces nos despertamos hamtorientas a las cuatro de la madrugada y es porque se nos olvidó cenar, pero estamos encantadas. La primera mañana de libertad, como nos hemos dormido un poco tarde devorando las últimas aventuras de Monsieur Poírot, tenemios el sueño pesado y la familia se ha llevado los despertadores, nos desertamos sobresaltadas y con la sensación de que llevan un buen rato llamando a la puerta. Antes de que lleguemos al vestíbulo suenan otra media docena de angustiosos y largos timbrazos. Nos precipitamos a descorrer el cerrojo esperando una catástrofe. En el umíbral vemos aá portero, Eustaquia, la vecina de abajo, dos mujeres desconocidas y un guardia. Todos nos miran como si fuera rarísimo que estuviése- mos en casa a las siete de la mañana y en bata. El portero empieza a tartamudear explicaciones: -Veinte minutos llevamos llamando, señorita. Acababa de decirla a ésta que avisase a la Policía, a los bomberos, a la Parroquia y a los padres de la señorita, que están en Galicia. Seguros estábamos de que se halbía muerto durante el sueño de un paralis o que la habían asesinado para robarla. Una mujer sola en un piso tan grande... Están todos detespcionadísimos de vernos sanas y buenas en nuestra bata de nylon Tienen por delante la perspectiva de un aburrido día de verano, sin cadáver, sin pampas fúnebres ni juzgado de guardia, y casi nos sentimos pesarosas de no habernos constituido en el tema obligado de conversación duraatii todo el resto de sxis vidas: -Figúrense que un día de julio, estando nosotros de porteros en Madrid, había una chica que vivía sola en ei quinto piso, porque toda la familia estaba veraneando, y una mañana empezamos a llamar a la puerta y que nadie contestaba... Mientras haíblamos nos da pena de su cara desilusión, Y empezamos a disculparnos de no estar muertas Begoña GABClA- DIiEGO FoltTEíírA Sí