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eniemno V AYA por Dios, que ahora también nosotras nos quedamos en la ciudad durante las vacaciones mientras la familia veranea. En el fondo nos encanta, ipero ponemos cara de mártir para que nuestra madre se vaya tranquila, porque las mujeres de la generación anterior tienen una extraña tendencia a preocu (pai- se cuando nos ven alegres y contentas, satisfechas y solitarias. Y salo respiran tranquilas si las actanipañamos a la estación con aire lúgubre, protestando de ¡tenemos que quedar solas en el piso vacío, diciendo horrores da este maravilloso Madrid veraniego que iparece una ciudad andaluza de comedia quinteriana: hombres con burros vendiendo agua por todas las esquinas, verbenas en cada barrio y un calor que hace morir todos los días algún bicho grande de la casa de fieras. Mira. imiami, no te ¡preocupes, qué más quisiera yo que marcharme con vosotros al Norte, pero como sólo tengo un mes de vacaciones, las tomaré en septiembre, porque hay una compañera con toda la familia agonizando que me ha pedido que la ceda el tumo. Debemos sacrificarnos los unos por los otros. Lo que me horroriza es que te quedes sola en el piso sin siquiera una criada. Igual te ocurre algo de noche... -Pero si a mí de noche nunca me pasa nada. Estoy durmiendo. Nuestro hermano pequeño, que no tiene más remedio que chincharse y veranear, nos mira con rencor y suelta una puUita: -Vamos, deja ya de compadecerla, mamá, si está como loca. En cuanto volvamos la espalda eraipszará a bailar. Cierto. Tomamos el camino de vuelta felices como unas pascuas: el mundo es nuestro, la casa es nuestra, la vida es nuesitra. Invitaremos a cenar alguna ñocha a esa compañera de oolsigio tan ordinaria y de tan buen corazón que horroriza a la familia, y además de otras muchas buenas cualidades tiene la de saber guisar. Desayunaremos todos los días en la cama, desde luego carne fría dejada la noche anterior en la mesilla puesto que no hay criada, pero no importa, en la cama. A menudo nos quedaremos a almorzar en la piscina, sin que nadie nos diga eso tan cierto de que nos estamos destrozando la cara para toda la vida con tantísimo sol. Imposible salir con ese chico tan aburridísimo y tan buen partido que les encanta en casa, ¡puesto que el muchacho está en San Sebastián veraneando con la óreme pero aquel p eriodista, amigo de nuestros hermanos, tan encantador, no sale de la ciudad porque está haciendo méritos en un diario de la noche mientras los peces gordos veranean. Entramos en el iportal silbando. Para nosotras todos los cuartos de la casa, el baño, el tocadiscos, la única butaca cómoda. Vivimos solas, como en Nueva York, sin criadas, sin familia. Somos la joven ambiciosa de película norteamericana a la conquista de la vida. Saludamos alegremente ai iportero. El portero es como nuestra madre, nos comipadece. Se figura que vamos a pasar la primera noche de libertad llorando de miedo bajo las sábanas, desfcro-