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Al ver a la colaboradora del Inspector, se detuvo jjjppiejo. En su expresión apareció un gesto de rencor: Me sorprende que ía Policía utilice a ciertas personas como perros sabuesos- dijo roncamente. mesa. Entonces Dardé se dirigió a mí y dijo: Haga usted los honores, Lydia -Serví el whisky, directamente de la botella. Luego, el muchacho del traje veraniego cogió el sifón y comspletó las bebidas. El criado sirvió ei hielo, y cuando los cuatro vasos se hallaban listos ss retiró discretamente, dejándonos solos en la habitación. Dardé cogió el suyo y nos miró a todos con expresión dura: No me fio de vosotros- -aseguró- creo que todas las precauciones son pocas. Por favor- (prosiguió, dirigiéntíose al de más edad- beba usted dos tragos de mi vaso. Es para comprobar que no se les h a ocurrido la temeraria idea de envenenarme. Aquel sujeto obedeció temblando y tomó parte del whisky contenido en el vaso del anciano. Luego, éste sonrió, brindó y juntos bebijnos durante un rato. R. eouerdo que el hombre del t r a je de verano lo ingirió de u n solo trago. ¿Está usted segura de que Dardé bebió de su vaso? -Desde luego. ¿Y no dio, señales de encontrarse mal? -No. Estaba alegre y de buen humor. Yo pensé que el whisky le haibía vueito más humano. Pero de pronto, tomó un nuevo sorbo y a los pocos segundos se llevó la mano a la garganta y cayó ha ia delante con los ojos vidriosos; ¿Nadie se había- acercado a é l e n aquel momento? Nadie. ¿Y ninguno de ustedes t u v o oportunidad de verter el veneno en ei v a s o mientras estuvieron h a blando? -Ninguno. Dardé no abandonó su copa, la mantuvo en la mano constantemente. ¿No tomó ninguna medicina? -No. El inspector, despidió a la mujer y llamó al segundo testigo, el cocainómano, que confirmó en todos sus puntos las deolaraciones de Lydia Betancourt. Por último, entró en el despacho un joven vestido con una especie de camisa veraniega, que Marita ya había visto en otra parte, y con pantalón oscuro. Al ver a la coaaboradora del inspector se detuvo perplejo. En su expresión apareció un gesto de rencor. -Me soi- prende que la policía utilice, a ciertas personas como perros sabuesos- -dijo roncamente. -Siéntese- -ordenó el Inspector con severidad. Pero ei nuevo testigo no pudo agregar ningún detalle que abriera una nueva pista en la investigación de aquel asesinato. Sus palabras no sirvieron más que para ratificar las versiones de los dos sospechosos anteriores. Cuando el joven estaba a punto de retirarse, Marita le dijo: -Espero tue me invitará a beber na ginebra con usted esta tarde. -No sabia jjue- hubiese en la cárcel un servicio de bar. -Vayase tranquilo. Creo que podremos tomarla alegremente en la calle. El desconocido la miró unos instantes con el ceño fruncido y al fin sonrió. -Gracias- -dijo- y salió del despacho. ¿Ha eliminado usted a este sospechoso? -preguntó el inspector. -Naturalmente. -Y ¿por qué? -lEn primer lugar porque me es simpático. En segundo lugar porque es uno de los casos más claros con ios que me he tropezado. ¿Quién lo mató? (Solución en las páginas azules.