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del local y se situó a sa lado, solicitando una combinación. Cuando el desconocido apuró su tercer vuso, la muchacha extrajo un cisarrillo y buscó en el bolso su encendedor, simulando no encontra. rlo. Por fin, el hombre se volvió hacia ella, y después de observarla detenidamente le dio fuego. (Muchas gracias- -dijo Sfarita con voz insegura- ¿Es usted forastero? ¿Por qué lo sabe? -iPorque aún no hemos tenido suficiente calor en la capital para usar un traje como el suyo. ¿Viene usted del Sur? El hombre frunció el ceño sin contestar. -No importa de dónde vengo. Lo que me asusta es dónde voy a ir. ¿Está sin trabajo? Todo lo contrario. No lo entiendo. -Mejor. Aléjese de m i Sólo puedo causarle complicaciones. No parece usted una mujer de las que andan solas por los bares. Vayase a su casa. Marita tomó otro sorbo de su combinación, pero no se movió. El hombre, de pronto, pareció asustarse, dejó encima del mostrador un billete y abandonó apresuradamente el locaL Cuando la muchacha pagó la consumición y salió a la calle, el desconocido habla desaparecido. Cuatro días después, el Inspector Delair y Marita se hallaban en un pequeño despacho de la Jefatura de Policía oambiancío impresiones sobre las circunstancias Que habían rodeado el último asesinato. El inspector ¡paseaba de un extremo a otro de la habitación, mientras la mu diacha le escuchalia sentada en MXía, butaca. -l a muerte de Sebastián Dardé no puede considerarse como una desgracia. El homtore había dedicado toda su vida a nrlqueoerse al margen de la ley. Nunca pudimos cogerle in fraganti. Sobornaba a ios testigos. Utilizaba gentes asustadas en sus sucios manejos. Creemos que en alguna ocasión dispuso de asesinos a s u e l d o Pero siempre sin pruebas. Vivía en i su finca de las afueras, con cuatro criados, dos doncellas, la cocinera y un chófer. Últimamente los negocios no marchatoan todo lo bien que hubiese deseado. Otro hombre sin escrúípuios, más joven que él, empezaba a hacerle sombra en 1 o Mnercio ilfcito de armas y drogas. M insx ector hizO una pausa. Hemos detenido a tres ¡personas- -af ii mó- Cualquiera de ellas puede ser el autor del crimeni pues ss hallaban en el salón con el millona- rio cuando éste cayó al suelo víctima oscuros y n vestido con grandes de la atroipina que le suministraron. rayas transversales. -Siéntese- -1 n v i t ó el inspector, ¿Cómo actúa ese veneno? -Es inmediato. La cantidad in- mientras él, que se había puesto en gerida ipor Dardé debió camarte pie, se reclinaba sobre su nesa. la muerte en unos diez segundos. -Gracias. ¿Por qué motivo les había hecho- ¿Y 1 móvil? -Lo difícil hubiera sido encontrar venir el señor Dardé a visitarle a su a alguien que no ile odiase. Hace tres finca? -Quería obligamos a cometer ún días, el jueves ipor ila tarde, el anciano reunió en su casa, por segunda crimen. ¿Quién era iJa víotima? vez, a una mujer y dos hombres que- -No había aclarado aún ese punte había mandado llamar desde distintas ciudades del país. M iprimero de cuando murió. ¿Quiere describimos con todo ellos, llamado Pemando Varsen, llegó dea Sur; el segundo trabajaba en detalle lo que ocurrió aquella t rde el Norte, en una fábrica de produc- en el salón de la casa? -Cuando yo llegué ya estaban allí tos químicos. Tiene cincuenta y cinco años, es cocainómiano y ha cxun- los dos hombres del día anterior. Ai pdido dos condenas por uso ilícito de poco rato apareció el señor Bardé. estuipefaciemtes. Por último, llegó Nos pregumtó si habíamos reflexiotambién una muchacha de veintitrés nado sobre su proposición. Eil joven años, Lydla Beitancourt, que bailaba He contestó Que prefería ir a la en un catoaret, propiedad de Dardé, cárcel unos cuantos años aElmorir otro, en la colonia veraniega de San Pe- condenado por un asesinato. en cambio, re wndló que estaba dis- Upe, situada en la costa de Levante. puesto a oumiplir las órdenes que se El millonario reunió a estas tres personas la víspera del asesánaito, por le dieran. ¿y iisted? la mañana. Al día siguiente volvie- -Yo quería ganar tiempo. Le ro- i ron Jos tres a visitarle por la tarde, bebieron unas copas juntos y de re- gué que me dejase pensarte hasta eí pente Dardé cayó al sudo, envene- día siguiente. ¿Qué ocurrió entonces? nado- Delar tomó asiento detrás de- -El señor Dardé llamó al itimbre su mesa de despacho. Vamos a continuar ahora con los interroga- y apaipeció un crtado. Le pidió que trajese whislty para todos. Al cabo torios. Unos momentos después entraba de unos minutos entró de nuevo en el despacho una joven con el ros- aquel servidor con una bandeja. Co tro mi r maquillado, grandes ojos locó la botella y los vasos sobre lá ¿Y ninguno de ustedes tuvo oportunidad de veKer el venenó en el vaso mientras estuvieron hablando?