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IV Cada año tenia para don Pepito dos meses de completa felicidad. Desde juila a septiembre, certaba la cerería, dejaba Nora y sfe Iba a las Caldas para tomar las aguas Allí estaba ya doña Margarita Gastañaga, íiuá también necesHaba los baños para el reúma. Cierto que nunca s veían sin testigos. Doña Margarita tenía, Una aya casi tan vieja como ella, que no la dejaba ni a sol ni a sombra. Cada tarde doña Margarita, apoyándose en un ftno bastón de ébano, regalo de don José y acompañada de su aya, salía a la terraza del balneario. Alli esperaba muy nerviosa a que llegase el galán. Poco después subía don Pepito, emibarazado con bastón, hongo y un ramo de flores. Se acercaba ceremonioso a besar la mano de la dama. ¿Qué horas son estas de llegar, mi señor don José? Perdón, mi señora doña Margarita. La tarde estaba dfeHciosa y me distraje ipor 1 jardín. Aquí os traigo W recompensa por mi tarcíanza. Y le entregaba su ramo de flores frescas, que ella olía un momento con mucho remilgo. -Sea perdonado el galán. Martina, que nos sirvan el chocolate, Don José nos hará el honor de tomarlo con nosotras. Mientras merendaban hablaban de sus ilusiones, recordaban cosas de otros tiempos, hacían proyectos para el invierno en Nora. ¿Qué te parece? -dijo de pronto doña Margarita. Por dos números no nos ha tocado éil gordo del último sorteo. Estoy viendo que ese mil tresdentos trece nos da un día el susto. -Un día tiene que ser- -comentó con naturalidad don Pepito. Al oscurecer el aya decía que había relente y la pareja de novios sexagenarios se despedían hasta el día siguiente. Y así, hasta la muerte. La única que podía romper aquel amor que, a fuerza de ser verdadero, se había hecho imposible. Faltaba sólo dos días pata ei primer sorteo de septiembre, cuantío don Pepito regresó a ISTora. Durante el verano dejaba las participaciones firmadas