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HUMOR mántlco, muy de actualidad entonces: Nüestrstó almas- -decía- -son los dos oaíbones de oüi ateo voltaloo; para producir la luz del íunor les basta con aproximarse. Este Amiel de vía estreciía, que, a su manera, era don Pepito, buscaba el encuentro con sü amada, con la única- -era fiel y monógamo en su no amor- pero rehuia todo otro contacto amoroso. Para él itei mujer era sólo la novia, su Margarita, Y el amor, aquel ensueño sentimental afl que los dos se ei egaban, que, como no lo gastaron, les duró toda la- rtaa. De año en afio se ¡renovaba algo las eJcistenclas, Después de cada Settiana Santa venía una nueva remesa de velas. Hacia el otoño se renovaban los ex votos de manitas y piemecitas de cera virgen. Por el verano se celebraban las iperegrinaciones a los santuarios de to, región y tes gentes llevaban con verdadero fervor aquellas manos, brazos, piernas y cabezas de niños, salvados por la fe de terribles enfermedades. También había en el escaparate rosarios, devocionarios, Cristos de madera y de plata, candelabros y otros Ornamentos de iglesia. Pero cada día se vendía menos de (todo aquellq, lo que don Pepito aciíacaba al avance de la Incredulidad. -Üí las minas saldi- á riqueza- -solía decir. Pero también saldrán otras cosas... Aunque el negocio de la cerería decaía a ojos vistas, don Pepito no parecía darle demasiada importancia. Lo que en realidad sostenía su contacto con el vecindario, y por lo que se vela siempre público en la tienda era por la lotería. Don Pepito estaba susoriito a un número en Madrid, el 1313 que cada sorteo recibía directamente. Las participaciones las tenía impresas en unos recibos con orlas mxiy historiadas y las firmaba de su puño y letra. Entre los clientes fijos de la lotería había algunos canónigos y algún librepensador como el zapatero Pascual, que justificaba con un discurso las visitas a la cerería: Yo, liberal sodio tanto como Pi. Y Ebrepensador como los de las Cortes de Cádiz. Pero en esto del azoar no puedo remediarlo. Tengo coirfianza en ese racionario de don Pepito, Es corazonada. ¡Mira que si un día me da la suerte por derecho y sale el 1313 Asi Dios me salve, ya t uéden machacar sueja los canónigos, que el hijo de mi madre no machaca más. Lo de la lobería era lo único que tenía bien organizado don Pepito, Tan pronto como se celebraba el sorteo Jr los Olientes venían a la cerería para ver la lista oficial, ya se encontraba! encima del mostrador los talonarios para el próxdmo sorteo. Üsté bien preparao sí que lo tiene- -solía decir el zapatero. -Sí, Pascual, sí. ¿No oonlprenúeis que cuando se nos muere una ilusión el mejor consuelo es sustitulria por otra? Pascaml no comprendía aquello, pero se daba por convencido. -Asi tMos me salve sí no itien ra ¿6 n. ¡Cuánto especulan estos racionarios Por algo están siempre los conservadores en el poder. Yo cuando rompo el patpelucu ya no me acuerdo de la peseta que me costó. (Estoy pensando que el otro será el bueno. Algún día tlen que tocar, digo yo. A no ser que todo eso del azoar sea im. cuento de los racionarlos Don Pepito sonreía bondadoso y entregaba a Pa jual el nuevo recibo del 1313 Müre que no traigo ni m iperru enctoia, -Anda y no te preocupes. Ya sabes que aimque racionario como tú dices, yo soy amigo de los amigos. -En eso doy la razón. Y yo soilo de usté. No puedo remediarlo. -Tráemelo cuando puedas, siendo antes del sorteo. Descuide. En cuanto cobre unas medias suelas. No quiero perder nld derecho. Un día tiene que tocar, ¿verdad, don Pepito? Sí, hombre, sí. Hay que creer lo que no vimos. Lo dice Catecismo. 1- -Deso yo ando pez, dqn José. Pero fe téngola en mis ideales -Todo es fe, hombre. Y todo vale sá es sincero. n La itouerte de su padre y la herencia, de la cereíríft; el- a hijo único, habían coincidido con la pérdida dé Outoa, t) on PéUito hablá- ba de los dos hechos como de un linico desastre. Para él, que nunca había hecho nada con el cargo de regentar la cerería se le había caído el mundo encima. Desde entonces había aumentado iStls rarezas. Nadie que no íuera Marica la vaqueiTa soriiedana, podría preciarse de haber pasado tnás adentro del mostrador de la cerería, lustroso de cera y de mugre. ¡Mjitóho menos pasaba nadie la puerta pequeña de la estantería, cubierta con una cortina que en tiempos había sido de damasco rojo. Detrás de aquella cortina estaba la sórdida morada particular del cerero que, entre cera y suciedad tenía un repugnante olor a colmena. Todo lo que en Nora se sabía de la vida particular de don Pepito era por boca de la somedana Marica. De unos cincuenta años, baja, fondona y mal hablada. Marica era todo lo contrario del repulido y m w educado don Pepito. Marica llevaba más de veinte años en la capital. Había bajado mv joven de Somiedo, para lactar señoritos en las casonas de Nora. Después cuando, según su exjjresión, se le secó la naturaleza no quiso volver a Somiedo y se dedicó a trabajar como asistenta. Era portera de la casa contigua a la cerería y todos los días llegaba a la hora de abrir la tienda. Sa mdía el jpolvo para cambiarlo de sitio y después hacía la cama y algunos días la comida a don Pepito. E 1 día que se vendía temprano un rosario és cierto precio o una vela de cuatro libras, ipara alumbrar a un difiumto reciente, don Pepito coanía de igre para desesperación de Marica, Por ea) caída mañana, después de hacer la limpieza, pregtaitaba la somedana con cierto retintín: ¿Comerá. caliente hoy don José? lEÜla, cuando cmhía fuera de casa, le llflínaba coner frío. Don Pepito pensaba un poco la respuesta y por ñn, contestaba dubitativo: Dirételo luego, Miarica. La verdad, acabo de levanitarm. e y no tengo nada pensado. Ella se encrespaba. -Dígame sí o no, ¡caramba! decía tnientras azotaba con los zorros un Cristo Crucificado de regular tamaño- ¿o orees que les fa bes cuécense en la alacena? Don Pepito comprendía las razones y se ablandaba. Bueno, pon Tes fabes a cocer. Marica- -decía ajiistándose el Wsoñé. Toma la llave. Ahí encontrarás todos los ingredientes. Otros días, don Pepito óonitestaba rotundamente al requerimiento de la somedana, No hagas nada. Marica. EStoy convidado. Pero Marica sonreía por lo bajo. Sabía que no era verdad. Lo que hacia era comer frío para no gastar. A pesar de la suciedad, del olor a colmena, a pesar de todo, la cerería de don Pepito de la soledad era el establecimiento más popular de la calle Canóniga.