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ella sonaba talnbién el llanto, pero el niño no estaba allí. iLa luz y la sombra, la noche y la cnna. El niño, no. Las maderas que crujían, el gemido de los goznes de la puerta movida por el viento; las ratas alborotadas delante de mí; todo eso me rodeaba. Nada más. Pero yo me quedé en el desván, al lado de la cuna. Cuando aún la luz de la noche entraba por la claraboya subieron ellos a buscarme. Dijeron: ¿Qué haremos? Ellos no querían que yo siguiese el hilo de aquel llanto. Para ellos, las cosas que se terminan. Se terminan. Para ellos, lo que había sucedido siempre, seguiría sucediendo, siempre igual. Los niños se mueren y no vuelven a llorar nunca; nadie los oyó nunca y nadie los podrá oír. Las madres que pierden un hijo lloran ellas, se visten de luto y llevan flores a su tamba. Y después pasa el tiempo y se ahoga su pena, y la tumba se queda sola con el niño dentro. Esto era lo que sabían, ellos. Por eso a mí, que no lo sabía, me llevaron al hospital. Fui con el llanto a mi lado, me encerraron allí y el llanto se quedó conmigo para llamarme en la noche. El hospital estaba lleno de alaridos. De grandes alaridos que resonaban en las habitaciones, salían a los corredores y rebotaban en los muroSi De grandes alaridos seguidos de tiasos y carreras. De grandes alaridos que atraían a los hombres vestidos de blanco, a las mujeres vestidas de blanco, y que hacían temblar el hierro de las rejáis. Sonaba un grito, se extendía estremecido, y lo recibía otro grito, y otro, y otro, y se alzaba el coro de gritos, el coro de aullidos, el coro de súplicas. Había hombres y mujeres que gritaban detrás de las puertas, y hombres y mujeres que guardaban las llaves, qn llegaban con las agujas de las inyecciones, con las telas de fuerza, ron la amenaza de los cuartos de castigo. Yo oía los alaridos y las carreras y oía la lucha a mi alrededor. Siempre vencían los mismos, siempre los mismos eran lois vencidos. La gente vestida de blanco se iba, y la otra se quedaba con sus maldiciones y con sus súplicas, o callado y miedosos, sin voz en la garganta después de tanto gritar. Todo era lo mismo siempre, de día y de noche. La noche es joven, mala aconsejadora. Me hablaba con sus voces y me decía: ¡Ven! Rompe la puerta y ven, pero yo no hacía caso de la noche. Yo no luchaba ni gritaba. No le decía a nadie que el llanto seguía llamándome y que detrás del llanto me llamaba la noche. Y así estuve, obediente y callada, hasta que ellos llegaron, me sacaron de allí y me llevaron a casa, Y así seguí en la casa. Me sentaba y cosía. Remendaba las grandes sábanas, los grandes manteles, k s grandes camisas; todo lo que usan las personas mayores. La ropa pequeña estaba en el armario: los jubones, con sus manguitas de polichinela; los pañales, que se hablan llenado con la carne redonda y suave; los zapatos de lana que calentaron los taquitos torpes de los pies. Yo sabía que esta ropa tenía que estar presta. Pero no lo decía. Cosía las ropas grandes sentada al lado del balcóii, y las otras mujeres de la casa cosían conmigo y acechaban mis pensamientos. Durante muchos días esperé toda llena de angustia y de gozo, porque yo sabía que la vida estaba en alguna parte y que yo tenía que descubrirla. En mi ansia ahuecaba a veces los brazos presintiendo el bulto y el calor de un cuerpo. Y los veia a ellos, a todos, que m miraban desnudando el correr de mi sangre, espías de mi secreto. Tenía que esperar el momento, pero llegó la noche a mal aconsejarme con sus voces. Yo estaba tendida y apretaba con mis dos manos el martillo que golpeaba dentro de mí. No había sueño ni descanso en aquella alerta que me encendía. Y detrás del llanto me llamó la noche: ¡Ven! me dijo- Ven a bus-