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sonaba deiltro dé mi. Si me dormía, al abrir los ojos desde el mnndo oscuro del sueño encontraba el terrible vacío iluminado. Por eso forcé mi vigilia y me quedaba sentada cerca de la cuna como cuando el niño estaba allí. Me negaba a salir de mi dolor para no tener que entrar en él pisando su suelo desde el umbral. Un día se llevaron también la cuna. Tras de perder el cuerpo y el llanto, la cuna no era más que un ataúd vacio. Ellos dijeron que con la cuna se iría el recuerdo. Me fui yo misma, y dormía. Y aquella hoche, al cabo de un tiempo que no puedo contar, el llanto que se me había quedado dentro despertó. Volví a escucharlo: no latía sólo dentro de mí; venia de fuera y me llamaba. Sonaba tenaz, lejano y t róximo, llenándome el cuerpo y el alma. iie levanté, abrí la ventana, y el llanto estaba alli, también, en el aire de la noche. Era una cosa viva que venía a mí a darme razón de su vidaí Atravesé la habitación y fui basta la cama en que donuía Fidel. ¡Escucha! -le dije- El niño está llorando... -Duérmete, por favor- me contestó él mismo, medio dormido- El niño no puede llorar... ¡Está muerto! Y como yo callara, añadió: -Es triste, pero es así y hay que aceptarlo. Se han muerto muchos niño de muchas madres y nunca han vuelto a que los oigan llorar. Yo dije: -Llora en alguna parte y lo oigo. Llora quizá en su cuna o en el cementerio... Y no pude decir más. Me alejé de Fidel y esperé a que se hundicBe efl el sueño su alma sin recuerdo. Después salí descalza de la habitación. Busqué en la oscuridad, al fondo del corredor, las escaleras del desván. Subí por ellas. Crujían las maderas y golpeaban menudos, ligados como la vuelta de una rueda, los pasos de k s ratas. Llegué al último escalón y empujé la puerta. Chirriaron los goznes. Las ratas corrieron más de prisa, rozándome los pieiS desnudos. No es culpa suya ser ratas; no es culpa suya tener ese pequeño cuerpo blando y sucio. EUas no me ha bian quitado a mi el niño, ni el llanto, ni la cuna, y yo no las temía. Seguí adelante. Por la claraboya entraba la luz de la noche. La noche era joven. So luz también era joven, y sólo me d jaba ver las sombras. Al fondo del desván, donde el techo en declive se une casi con el suelo, al lado de dos baúles, estaba la cuna. En