Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
14.000 blancos huyeron en los primeros d í a s Y la r i a d a sigue mismo a Johannesburgo que a Rodesia, tlganda o Angola portuguesa. Y llegan con lo puesto, que es bien poco. El clima de la Unión Sudafricana es como el de las costas mediterráneas; no en balde estamos a la misma distancia que España del Ecuador. Pero, en pleno hemisferio Sur estamos en invierno, y estas gentes que llegan de un clima tropical- -niños en pijama, hombres en shorts íimjeres con vestidos de hilo- -sonríen tristemente y tiritan de frío. No quieren volver. Aunque se pacifique la situación, aunque intervengan las Naciones U n i d a s, aunque los paracaidistas belgas consigan restablecer totalmente el orden (cosa que dan por imposible) no quieren volver. Lo dan todo por perdido. Son el éxodo de una Europa atefcrada, que ge desangra en el corazón de África. Se calcula qiíé 14.000 han huido del Congo estos días. Y la riada sigue. Es la Europa de Stanley, de Ceciüe Rhodes, de Liwingstone, la Europa que tendrá o no razón, pero que había llevado el progreso, la higiene, lá cultura, las obras públicas a unos países empeñados en retroceder a la barbarie, a las luchas de tribus. En definitiva, pura y simplemente: ¡a la selva! En los breves minutos entre la llegada de su avión de socorro y el que había de traerme hasta esta frontera, desde la que escribo, he procurado interrogarles. Todos hablan a un tiempo. Unos culpan al Gobierno belga, acusándole de prematuro en la concesión de la independencia. Se consideran abandonados por los mismos que les indujeron a trabajar en el África Ecuatorial. Otros, no tienen otro tema que el de las últimas estampas de terror que quedaron indeleblemente grabadas en su retina: La visión de hombres blancos colgados de los árboles como extraños frutos podridos, la increíble estampa de los coches huyendo fuera de las carreteras por la altiplanicie, perseguidos como fieras por los ojeadores, sin más dirección que la que el instinto les ordenaba, y el cruce en balsas del río Congo para llegar a la zona francesa desde donde escribo. Apenas llegué a Brazzaville me di cuenta de que tenía que resolver un no pequeño problema personal: conseguir alojamiento, cosa nada fácil, pues los hoteles, las posadas, los domicilios particulares mismos están abarrotados de refugiados. Escribo esta crónica sin haber resuelto este problema. Mi primera visita ha sido al río para ver de cerca el éxodo de los refugiados. En este primer salto no he podido llegar a Leopoldville. El aeropuerto- ¡hoy independíente! -de lo que hasta hace unos días era Congo Belga está cerrado al tráfico. Pero esta orilla francesa del río es mejor observatorio de lo que yo pensaba. Un alto funcionario belga que había pedido el retiro me cuenta cómo pidió a un muchacho de color que le ayudara a cargar un bulto sobre la balsa que había de transportar: ¡Yo no soy un muchacho, soy un general! Una mujer bellísima se acerca a mi grupo al saber que somos periodista Nos cuenta una historia trágica y nauseabunda que no me atrevo a reproducir y dejo sólo a la piadctsa itnaginación de los lectores. Del otro lado de ia orilla Leopoldville está separado de nosotros sólo por este enorme río africano que se desliza bajo un calor aplastante hacia el mar. La vemos con nuestros ojos, pero está tan inaccesible, tan lejana, como lo estaba el Madrid rojo para las tropas nacionales atrincheradas en. la Ciudad Universitaria o la Hungría invatlida por los tanques rojos para los corresponsales de Prensa en la frontera austríaca. Mañana acaso podamos entrar en ella. Mañana acaso podamos escribir sobre el movimiento independicionista de Katanga o los matices políticos o antropológicos, antecedentes de esta situación, pero hoy, sin hotel y muertos de calor, comprobamos una vez más que esto dramas políticos siempre tienen por fondo unos niños en pijama, unos hombres arruinados, unas mujeres ultrajadas que lloran. El siglo XX es así. J. S. y G. En un barco fluvial, los fugitivos de Leopoldville cruzan el río Congo par refugiarse en Brazzaville, óapital del antiguo Congo francés. Sólb tuvieron tiempo para llevarse lo imprescindibls. ANTICUO CONOO H A N C BrafMvilt j