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vlclii que Miguel desconoRiti por (Completo, pero que, segán frase de Barres, tendría que soltarse en ella para interpretar con naturalidad el papel que le correspondía en el futuro íütn. Por no aber, Miguel no sabía ni fumar. Tienes que soltarte, hombre- -repetía Mauricio Barres, acarreándolo de un lado a otro. Era su frase favorita. Miguel paso tan buena voluntad ea soltarse que, al cabo de un mes, era otro hombre. El nuevo corte de sus trajes, las eomn que aprendió a usar, ios ijestos que supo imitar, hicieron de él el nuevo galán de la pantalla que esperaba Horacio Montes. Las pruebas fueron satisfactorias. La V K del joveti, grave y pausada, añadía O atractivo al tipo que encarnaba, y los gestos mesurados, sobrios, con que Miguel se desenvolvía en la vida, facilitaron la labor del director a tal punto que le- hacían exclamar entusiasmadoí- -Es un gran actor, un verdadero artista. Los primero dias de u estancia én Madrid, Miguel escribía con frecuencia al padre Arturo, recordaba, afiorándoJa, sit tranquila vida en el orfanato, pero después, poco a poco, la gran ciudad se le fué metiendo en él alma, horrando recuerdos y sustituyendo afectos. Miguel era ingenuo e inocente, afectuoso de naturaleza. y con una enorme capacidad para amarlo todo... todo, la vida, BUS compañeros, su trabajo... Su cauda! de entusiasmo meridional despertó al conjuro de los nuevos ambientes y ni siquiera le. mortificaba ya la mutilación de su mejilla, al contrario, le producía sm extrafto placer la sensación que caneaba con ella. Aprendió a ponerse áa lado en la barra de un bar, a mostrarse hermoso y atractivo, para dejar ver luego aquella monstruosa i icatri; que le daba apariencias dialiólicas. Leía eu los rostros de la gente la compasión y el horror, pero ya no le importaba. El era ya Miguel Vellás, el duro de ia pantalla y le divertía su nuevo papel en la vida. Inconscientemente adoptaba fuera del plateau las mismas actitudes de 9 personaje ícticio, sm gangstür frío U y cruel, cuya única finalidad en ia vida era la de aterrar al mundo con sus fechorías, en una singular venganza por el auténtico horror que las gentes sintieran al ver su cara desfigurada y aterradora. Lo maquilladores habían efectuado un maravilloso trabajo sobre la cicatriz de Miguel, y así éste aparecía como un ángel si se le miraba por el lado derecho y un monstruo si se le contemplaba por el izquierdo. El contraste era absoluto y él director estaba satisfecho. El film constituyó un éxito rotundo y er nombre de Miguel Veilás fué actualidad durante muchos meses. El muchacho se movía ya con naturalidad en los sitios que la moda y au nueva condición le hacían frecuentar ¡las miradas de h gente eran una mezcla de admiración, horror y compasión, mirüdas en las cuales Miguel hallaba un morboso y extraño placer. Su resignación ál destino: que le había deparado la ya olvidada catástrofe en el taller de Pepét iba convirtiéndose en satisfacción, casi, casi, en vanidad. Hasta que surgió la mujer. Miguel a sus veiatiséls afios aún no había amado de verdad. En el pueblo, cuando su breve trato con alguna joven le prendía a au recuerdo, e apartaba, -tímido, temiendo aquel gesto de repugnancia qué lo separaba de sus semejantes. Ahora era distinto. Marisa Oliver ntia mucha hita que empezaba sn carrera artística, que tenía ambiciones... y que aceptó la compañía de Miguel Veilás como nti asidero hacia h fama que esperaba conquistar. La pareja e hizo pronto popular, y en su segundo film (la historia de ah médico que enloquecía por k deformación de su rostro causada por una ejfplosión en su laboratorio) Miguel aupó a la joven hacia el estrellato Marisa era muy- bella, tenía mucho talento... y era fría en sus cálculos y decisiones, cosa, esta última, que Miguel no supo ver. Por ello, cuando le pidió que se casara con él recibió ana negativa rotunda. ¿Es... por ésto? le preguntó, se- ñaiando su mejilla mutilada. Ella respondió sencillamente si y él comprendió, pero no se desesperó como en otros tiempos hubiera hecho, porque ahora tenia en sus manos lo K medios para hacer desaparecer el obs- táculo, es más, era casi necesario hacerlo desaparecer porque Horacio Montes le había dicho que sa carrera era muy limitada, que papeles para homr bres con media cara había muy pocos y qae el público se cansaría pronto do verlo. A Miguel le habían hablado de la milagroisas manos de un cirujano nocteamericano y, desde aquel momento, sus pensamientos volaron hacia el mago de la cirugía estética que devolvía fisonomía humana a los monstruos creados por la desgracia. Dieü meses permaneció Miguel Ve? llás en la clínica neoyorquina del doctor Rickett, diez meses, al cabo dé lo cuales podría olvidar que durante muchos años de su vida había soportado el apodo de Mediacara Era un hombre absolutamente normal ctiaiido descendió del avión que lo trajo a España de regreso. Mauricio Barres que lo esperaba en e ¡aeropuerto no lo reconoció al principio. Tuvo que hablarle Miguel, emocionado, para despertar el asombro de su amigo ante la transformación. -íChico, qué maravilla! ¡Mé cuesta trabajo creer que ares tú l- exclama- ba incesantemente Barres durante el trayecto de Barajas a Madrid, Ea el hotel le pasó igual. El pasmo de los empleados, de de el direi tor hasta el último botones, fué Idéntico al de Mauricio Barres. Y en todo In misma frase: ¡No parece el mismol- palabras que repitió horas después Horacio Montes en un extraño tono de voz, Miguel VellÚB entró en la vida ordinaria desnudo de personalidad, de aquella fascinnción que ejercía sobre la gente m horrible media cara... y se sintió defraudado. Nadie lo miraba ya. nadie sentía compasión por él, ni nadie procuraba hacerle olvidar su desgracia con frases amables como sucedía antes. Montes, aprovechando la efímera propaganda de su transformación le dio un papel en su nueva producción, pero era un papel de segundón, porque nada haliia ya en Miguel. que lo destacara de otros hombres más avezados en el oficio que él, laás audaces... y más ambiciosos, hombres con los cuales tenía ahora, que luchar de igual a igual para conseguir de nuevo lo que había dejado atrás: la fama. Marisa Oliver se hallaba por entonces en Italia rodando una coproducción y, cuando volvió, después de decirle a Miguel lo que todos ¡no pareces ni mismol) se mostró tal como era: ambiciosa, dura, sin corazón... Había conquistado el do isn viejo y gran director italiano, que le ofrecía la fama y el, oro a cambio de sus caricias seniles, y ella no vaciló ante tal suerte. -Voy a casarme con él- informó Miguel. Después le insinuó que podrían er hílenos amigos en tnl tono que el muchacho, en medio de su deseiigaño, sintió asco por primera vez en su vida. Se apartó de ella con su inocehcja rota, con los ojos recién abiertos a cosas que desconocía; la traición, la bajeza humana, la podredumbre de alma que encierran Igimos hermosos cuerpos que hacen de la belleza qite les dio el SeSor insir- amento de perdición e infamia. La vida de Miguel Veilás se deslizó desde entonces por un nuevo cauce. No tenía yu ni el tranquilo quehacer del orfanato ni la trepidante existencia de una estrella del celuloide, sino el monótono vagabundear de los mediocres. El dinero se gastaba rápido, por lo cual Miguel cambió el hotel lujoso por la pensión modesta, donde se encontró en un mundo do gentes harto ajetreadas en procurarse el sustento diario, de gentes para las cuales el cine era algo irreal y fabuloso que contemplaban de tarde en tarde, cuyas intimidades deíconoeían en absoluto, con las que era may difícil entablar diálogo aparte de los lugares comunes. Horacio Montes le daba de vez en