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de k inglesa catedral de Wells para encontrar algo parecido, auniiuf ñf, mfinos nitidez en el pilar. Al extremo de todo ello, severo y ornantcntado, no mira entre castellano y gallego el amplio retablo de Gregorio Hernández. En él juegan a paíiar degapercibidoa cuatro grandes lienzos de Franeisco Rizi, el pintor eclipsado por m hermano. Salgo ya, pero be de jaacerlo por do veees, pues son dos las portada de la catedral mieva qiie recaban mi atención y admiración. Acaso sea la septentrional la más reproducida en los manuales artísticos; la meridional o del Enlosado es más escueta: ambas magnifican b claroscuros con la plás tica mor! idez de su plateresco. ¿Por qité no entrar en la iglesia de San Martín? Qniero allí ver las pinturas de Morales, este manierista de Extremadura, tan preterido como delicioso. Escojo en mi preferencia la tabla en que el sanio titular, vestido de ingenuo anacronismo, reparte su capa con el pobre. Así abrigado, recorro ahora las casas solariegas que prestan aliciente profano a la arquitectura de Plasenciia. En el, palacio del marques de Mirabel, el soberbio patio renacentista ritma la serenidad de sus intercolumnios. La mansión de los, MoBroy- -enemigos que fueron de los AÍmaraz- -ne adorna con el recuerdo de na promesa de matrimonio entre Alfonso y de Portugal y la Beltraneja. La casa del Deán rompe la arista de su esquina con un típico i) alcón coronado por escudo nobiliario. La de los Almazán, la de los Torrejón... Dejó ya la ciudad, buscando sus próximas afueras. ¿Ha sido realidad o ensueño cuando, en una de Entre los bra oet muros de las óasas oue la oireundan, la mansión de los Almazán mué 8 tra su escueta portada dé traxa herrerlana. Es é s t a una varia muestra más del arte renacentista en P I a s e n c I a.