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íi; í íC tí 5 iS P fí U- íi i y t f SI J í á J 4, if -mk PSf ¿fe VK Y Nt. Dos mundot sKístleot M flti mezoiftn apfnon! frsam nte n aU fragmiento de I oe tedrai! A ia Izquierda, el exteHop de la antigua ala Oapltular, son su pipámid ida e oamaa, ppodlsló de rdmAnloa belleza en eitpeeha relaelón on! a torpe del Qalle de Sal maAea. DétPáe, y en el eniro, la poPtadá del Bnlosado, galana mueetpa del apte fpenaoentlata. el río Jerté baña. Anochece, sí; pero aún se divisan en el juego de luces tenues del crepásculó las montañas que la rodean. La parada es obligatoria; el tributo, dé admiración, y el símbolo, de reviviscencia del arte. Porque esta ciudad que no conocía y en la qué en este momento acabo de entrar se llama Plasencia. Desde k culta Salamanca, remansada tectónica de dorada piedra roaiánica y plateresca, no creo qite haya niejor pórtico de ingreso a Extremadura que esta Píasencia en que he querido cobijar- PoPtada plfttepeeoa de la catedral nueva, una de la m 4 s emsimantadae del penaolmiento españo) La forman ouatpo 6 u 6 rpos superpuestos, n maroAdos par dos oontrafuerties. Atribuida a liluan de Aiftva, en su eje cuclón ornamental Intervino probablemente Rodrigo Alt de HonKañón. me. Más allá está Cáceres, en donde se aquilatarán muchos de los valores de nuestro renacimiento, testimoniados en su barrio antiguo, trasunto de una dorcnidá vitalidad de ubérrimas conquistas. Y más allá de Cáceres, eh radial despliegtie, -todas las maravillas de la región hast 4 el otrp- corazón de Extremadura, Mérida, la ciudad con su milagro d eterno retorno al Occidente, A esa unidad u-