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que más airadas indignaciones levante que este de la situación dle los negros en Mrica. del Sur. La palabra atparfcheid aue tanto quiere decir como segregación aislanüento o s iaración está maldita. El apartheid es el. sistenm que los blancos fB llcan a los negros de la Unión Sudafricana, nmnteniéndolos suj s á condiciones de vMa que no les permiten participar en la ord iación y regimiento del país. Para ello los boers alegan incluso principios de carácter religioso, porque su, iglesia protestante, llamada Iglesia holarádesa reformada sostiene como un dogma la 9 uprema ía del hombre blanco sobre el negro, a fin de que éste reciba la necesaria protección. El apartneid -dicen los blancos de Pretoria, de Capetown o de Johannesburg- -asegura, pues, dos protecciones diferaites: la de los negros, a quienes se supone incapaces de procurársela: por si mismos, y la de los blancos, iue de otro modo, sucumbirían a los instintos y a los arrebatos de violencia de las masas negras. ¿Qué hadan ustedes, señores americanos, si en los Estados Unidos hubiera 125 millones de negros y 35 millones de blancos? preguntó un día el ministro suoafricano Louw a Foster Bulles. Y dicen que Foster Dulles no contestó. muertos para comprobar si Hevaban armas; y en esto, rompió el cielo en una fuerte tormenta nacida de unas nubes turbias y espesas, como en una escena bíblica. Este relato y otros parecidos que han recorrido las páglnafe de diarios y revistas tíe todos los contmentes vendráh a repetir su horror ante las Naciones Unidas, y oyéndolos se sentirán desgarrados millones de corazones negros o blancos. Allá estará, probablemente, el ministro Louw, acompañado de sus colaboradores, leyendo éns alegatos, contestando a unos y a otros, hasta que, cumplida stí tarea, anuncie una vez más: La Delegación sudafricana ha hecho cuanto estaba en su mano para llevar adelante este debate por caminos aceptables para nuestra dignidad; pero, en vista de la inutilidad de los esfuerzas por nosotros desplegados, tenemos el sentiiniento de anunciar que no continuaremos participando en la discusión, ni aceptaremos sus resultados. Con éstas o con parecidas palabras, tal será, igual qUe n años anteriores, el pronunciamiento del África del sur. r U E solución S 8 adivina en este doloroso, difícil, V violento problema Jel apartheid Daáb si planteamiento actual de la lucha, de un lado los boers los afrlkaners dueños del mando político, asistidos, en fin de cuentas, por los otros blancos de origen británico; y del lado contrario los doce millones de negros, mulatos y asiáticos... ¿a dónde irán los acontecimientos? Téngaise en cuenta que las fuerzas lanzadas al tramenü o choque marchan empujadas por sentimientos irreversibles. Los negros son la mayoría, y tienen a su lado un continente que es como un Inmenso Incendio de pasiones políticas. Los sudafricanos responden a una tradición de vivísima combatividad, de heroísmo, de sacrificio, de tenacidad que sólo se detiene ante la muerte. Las masas de piel de carbón están convencidas d e que ha llegado la hora de su liberación y de su desquite. No hay pulgada de tierra africana que no se halle como atravesada de tal emoción. Los boers defienden su vida, la supervivencia de sus familias, de su hogar, de sus caudales, de sus propiedades, de su pasado, de su futuro cierto. Creen que si ceáten, si capitulan, les aguardan el deshonor y el sufrimiento. No cejarán. Se dice ¡negociación, negociación 1 ¿Quiénes han de negociar? Boers con negros de Shapervllle? Es difícil ver cómo podrían hacerlo. Pero, ¡en finí, aceptemos: ¡negociación! Dios lo haga. Eso es lo que desean las Naciones Unidas. Eso es lo que quiere todo el mundo, desde la jerarquía religiosa hasta el más modesto de los diputados democráticos de cualquier Pairlamento. En este sentido, el nombramiento reciente de uh cardenal negro para que siga ensanchando lá doctrina de Cristo por las selvas de Tanganika o de Ruanda Urundl ha sido como una inmensa voz que clama por la paz entre los hombres. Y si la- paz no viniera, si la negociación se hiciera imposible, apenas se advierte otro camino que el del confinamiento de los blancos sudafricanos en el interior de su morada nacional, en el fondo de su campamento, para vivir allí de su propia savia, entregados a sus decisiones, solitarios, marginales, confiados a su calidad de buenos combatientes, hasta que afloje el cerco y ceda la hostilidad. En cualquier caso, incertidumbre, amarga Incertidumbre; y dolor, mucho olor. Tal es. a mi juicio, el panorama de los problemas del África del Sur en el momento actual, mientras el primer minista- o Verwoerd cura de las heridas de un atentado, y meditamos sobre la circunstancia de que el agresor fuera un blanco de ascendencia no boer M. A. cha distinción, a la Commonwealth británica y, sin embargo, dentro títe esa Organización están algunos de sus grandes enemigos. Jíi el propio Gobierno de l a n dres la defiende a gusto y con brío. Durante el viaje reciente del primer ministro Mac Millan por diversos países africanos quedaron muy en claro las diferencias de criterio y opinión entre Londres y los blancos de Pretoria; los de Londres son enemigos del apartheid y sienten que ya se les agota el argumento de que los problemas sudafricanos son exclusivamente nacionales y fie que no cabe que otros paisas vayan a mezclarse en ellos; los de Prstoria mantiensn una acerada intransigencia y piden que se les deje en paz, sin interferencias ni presiones exteriores. Asamblea tras asamblea, las votaciones se hacen más y más aplastantes en Nueva York; dos o tres países votan con la Unión, otros tantos se abstienen amparándose en interpretaciones reglamentarias, y todos los demás se levantan en contra con el mismo denuedo que si se lanzaran al asalto de una fortaleza obstinada y muy deseada. Durante los últimos años era la India- -compañera de Sudáfrlca en la Comunidad británica- -la que dirigía y mandaba el ataque; ahora son los propios africaiios quienes marchan al frente; Ghana, Guinea, Cameron, Togo... En 1960, la ofensiva internacional contra los blancos sudafricanos será extraordinariamente espectacular y colérica. Durante varias semanas, los muertos de Sharpevllle poblarán espectralmente el recinto de la Cuarta Comisión. Y se oirán los gritos que- -según cuentan- -resonaron en la ciudad ensangrentada: iAtrás, negros! sols unos cobardes, blancos! ¡África para los negros, y sólo para los negros, antes de 1963! Luego, descargas cerradas, griterío, ayes, furia desencadenada y 264 cuerpos tendidos en la llanura que se abre ante el cuartel de la Policía. Un testigo presencial a escrito: Me parece que Ja, Policía tuvo miedo de ser arrollada, apresada y linchada si permitía 4 ue las masas de negros llegaran hasta el cuartel. H) KO fuego casi a bocajarro. Cayeron muchos. Los demás huyeron, se dispersaron. Allí quedó un campo cubierto de cadáveres, como después de un combate en la guerra. Cuando la muchedumbre hubo desaparecido, unos policías salieron a recoger a los heridos; otros registraron a los que la I NSISTO en casi todoUnión de África del Sur tiene enfrente a el mimdo. Pertenece, con mu-