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la resistencia soledad AS niñas, cuando líegauíos a este picaro mundo, somos en general mal recibidas. El hombre quiere un ihijo que perpellíe su apellido y se convierta con los años, primero, en un compañero; luego, en un amigo; más tarde, en ayuda y sostén de su veje Cinco hijos varones en luna casa no son ninguna tragedia, como no sea por lo caros que resultan sus estudios y el r u i do qae meten peleándose en casa cuando son pequeños; pero la segunda niña de la familia hace fruncir el ceño hasta a los abuelos. También las mujeres aiihelan generalmente dar vida a criaturas del sexo masculino. Si se pregunta a una futura madre las razones de su preferencia, no sabrá muy bien qué contestar: I -ISo sé; supongo jue porque los hombres lo pasan mucho mejor en la vida que las mujeres, y todas queremos para nuestros hijos la mayor felicidad posible. ¿Te refieres a que tienen muchos más caminos abiertos al éisito, a la aventura y a la libertad, o es que piensas que son más inteligentes, luego más capaces de encontrar su verdadero camino? -Tampoco es eso. El éxito, la libertad y la inteligencia no vienen acompañados de felicidad las más de las veces. Y yo quiero, sobre todo, que mis hijos sean felices, equilibrados, serenos, hagan lo qtie hagan en él mundo. Entonces, ¿los hombres son más felices qae las mujeres? Desde luego. Tienen inucha menos capacidad de sufrimiento. Error. La capacidad de sufrimiento nada tiene que ver con el sexo. Hay mujeres tan frías, que son capaces de borrar con una pincelada de barra de labios el más doloroso episo dio de su existencia; y hombres tan sumamente emotivos, que guardan toda la vida luto en el alma por su primer amor. Sin embargo, son más felices que nosotras, no hay duda. No por más inteligentes, ni por más libres, tatnpoco por esa serie de caminas que se les abren p r o metedores, desde la adolescencia, cuando nosotras sólo nos preocupamos de aprender a andar con tacón aguja; sino, sólo y exclusivamente, porque son r e sistentes a la soledad. Ellos no necesitan, como las mujeres, tener alguien que les quiera y acompañe, alguien que esté a su lado continuamente, aunque sea en silencio, sin- lo cual siempre se sentirán frustradas. Nacemos solos, vivimos solos, t e n e mos que morir solos, Tremenda verdad, perfectamente expresada por Ca- mus, que acaba de morir solo y tontamente en una carretera de segundo orden. Los hombres se acomodan bien a este terrible estado de cosas; n o s otras, nunca. El joven ingeniero, perdido en ana ciudad alemana, sin hablar una- palabra del idioma, viviendo en un cuarto realquilado, meses y meses, sin ningún contacto humano fuera de su trabajo, pue de llegar a ser perfectamente feliz. Pedirá libros a casa para llenar sus ve ladas, tal vez aprenda a jugar al ajedrez, irá todos los sábados al café de la esquina, donde toca un violinista barbudo que le hace sentirse bohemio. En cambio, la muchadha que se fué de criada a lUna casa aislada de la campiña inglesa, para ganar más dinero que en su tierra, la mayoría de las veces tiene cfue ser repatriada con una neurastenia feroz. Casi ninguna mujer tiene resistencia a la soledad; a l gunas la dan cara valientemente, pero nunca se encuentran en ella realmente a gustó. Seria curioso observar las distintas cansa. s de l a s enfermedades síquicas, según los sexos. Las crisis nerviosas de los hombres suelen estar provocadas por el exceso de trabajo, las demasiadas llamadas telefónicas, los disgustos, el trasnochar; es decir, justo lo contrario de la soledad. Pero la mujer que tiene que recurrir a un siquiatra para tratar de componer sus pobres nervios destrozados, siempre se siente sola, siempre está sola, aunque se pase é día rodeada de gente. Si fuésemos capaces de vivir solas, pensar solas y bandearnos solas, cuando es necesario, llegaríamos a ser igual de felices que los hombres. La viuda de poco tiempo, adelgaza, llora, se mete en casa, cesa en toda actividad, envejece de dolor, enferma, desea morirse para ir a reunirse lo más pronto posible con su marido. El hombre, en las mis mas condiciones, sigue trabajando, no abandona ni una sola de sna antiguas costumbres, duerme cada noche sin pesadillas. iPorque la mujer ama más a su compañero que el liombrc a la suya? De ninguna manera. No se trata de amor únicamente, el dolor puede ser el mismo en los dos casos, incluso mayor en el hombre, porque lo disimula; pero él es un ser resistente a la soledad, capaz de estar solo, de vivir solo, de sentirse equilibrado y sereno, noche tras nocshe. sin más compañía que la de su perro o la de su pipa. Si fuésemos capaces de estar solas, si no tuviéramos ese trentendo miedo a la soledad agarrotándonos la garganta a lo largo de toda nuestra vida, seríamos tan imporlanles como los hombres. Podríamos descubrir nuevo planetas, escribir novelas geniales, dedicarnos con éxito a la investigación. El mundo sería nuestro. Si no tuviéramos esc fantasma de la soledad velando nuestro sueño desde la adolescencia, podríamos retar a los hombres en su propio terreno, seriamos iguales a ellos, verdaderas compañeras, con los mismos deberes y derechos. El marido que engaña a s mujer a la vista de todos, lo hace porque sabe que ella no es capaz de plan-