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CRITICA LtTÉRARiA ñol, y que en otros países no sucede otro tanto. Posiblemente, en alguna otra nación hay más probabilidades de buen, éxito venal para la lírica, pero sólo como excepción, y una de ellas es ahora en Inglaterra, John Betjeman, c u y o s libre alcanzan tiradas inverosímiles y cuya popularidad puede equipararse a la de un buen actor o tm conspicuo político. En Francia tenemos el caso de Jacques Prévert, excepcional asimismo; recuerdo mi sorpresa, hace unos años, en París, cuando un editor amigo y arriesgado me mostró los balances de venta de algunas obras de Paul Eluard, Pierre- Jean Jouve y Saint- John Perse; el renombre y la irradiación de estos importantes poetas no correspondía a la cantidad de ejemplares que se vendían de sus obras. De pronto, para consuelo, y también para escarmiento, surge el fabuloso trlujtío de un Prévert o de un Betjeman, Las circunstancias de estos dos poetas son muy diferentes. Betjeman es un poeta conservador no sólo en lo que se refiere a su estrofa y manara, sino en la misma sustancia de su inspiración. Prévert es un poeta comunista- -o, al menos, lo parece- -y su estilo es nuevo y sorprendente. Diferencia que, por otra parte, responde a dos estilos de vida política y social, respeotivamente dominantes en sus patrias. Ambos cantan, eso sí, al pueblo, a la gente del puájlo, pero en tanto que Betjeman, esencialmente paisajista (es un Constable de la poesía) introduce en sus panoramas figuras tradicionales o consabidas, Prévert, social ante todo- -en el más corriente sentido de la palabrai- -sale de las muchedumbres desesperadas para detenerse, algún momento, en la intimidad de un breve cuadro hogareño, familiar, amoroso, que viene a ser como wa pormenor visto con lupa en algún troK de sus más largos poemas. Poco después de aparecer los poemas reunidos fle John Betjeman, ha salido otra antología del mismo, con el título de Altar and Pew esto es, El altar y el banco Sabida es la importancia que todavía tienen en las iglesias británicas esos ews con sitios reservados e inalienables en muchos casos, que vienen a ser como una entrada de preferencia en la capilla. Betjeman canta mucho las iglesias de su tierra. Uno de sxis temas predilectos- -y tratado, por lo general, con la repetición sabrosa y la insistente emoción de lo que el poeta ofrece como más personalson las campanas; otro, la gente que sale de la Iglesia, la reunión en el atrio, los diáiogos al amor de la mañana dominical en la quietud del pueblecillo. Esta segunda antología JOHN BETJENIAN Y LA PRINCESA! VIARGARITA se refiere exclusivamente a las Iglesias, sus curas y su gente Coincidencia curiosa es el otro éxito, menor sin duda, pero importante, de los últimos meses en Inglaterra: el libro de poemas Church Going de John Larkin. En ambos casos, la relfeiosldad está reducida a lo exterior; no hay vibración profunda ni comunicativa en estas escenas eclesiásticas. Son decididamente inglesas, con esa aparente frialdad que, a la larga, contribuye al mantenimiento dé tradiciones exentas de pasión, pero fértiles para la continuidad histórica de un pueblo en muchos aspectos admirable. Otro de los temas de Betjeman es el mar, las costas. En las playas y los acantilados domina el fragor del mar y el azote de la espiwna; pero así como el paisajista coloca en el cuadro un par de animales de labranza y algún campesino pacífico, 3I poeta pone en sus panoramas ciertas figuras, suscitadas principalmente por el recuerdo de años juveniles, que comunican una melancólica vivacidad al mero color local También sabe John Betjemaii cantar (y aquí lo de cantar se hace estricto) en himnos pintorescos y fácilmente comunicables, las glorias o reveses de las comunidades pueblerinas a la sombra de los campanarios. Un crítico ha dicho de él: No es un poeta de la Naturaleza, como Wordsworith, sino un poeta del p a i s a j e como Cratabe; y como éste, es un pintor de lo particular, de la visión Identlficable y determinada. Sus árboles no son meramente árboles enraiza- dos en la tierra, sino las coniferas con sus raices en la roja arena de Camberley, los fresnos de Lambourne o las forsitias de Banbury Road. Así será, pero ¿no son estas localizaciones las que, transformadas por la poesía, dan permanencia y comunicación al mundo que el poeta ve en su derredor? El ciprés erguido de Machado o el pino de Pormentor, de Costa y Llovera, son tanto más universales cuanto más fija y localizable pueda haber sido la inspiración que produjeron, luego transmitida y extendida. Es impresionante, en medio de esta apariencia pacífica y sosegada de esta vida, advertir el terror moderno que aparece con frecuencia én la poesía de Betjeman. Cosa que se me antoja muy de hombre de nuestro tiempo, y de hombre sincero; y también un aspecto que rompe, inevitablemente, la paz gozada. A tanta calma vital en torno, a mayor deleite y comunicación con la serenidad ambiente, tanto mayor miedo, no sólo de perderla para sí, sino de la terminación violenta de toda esa paz fructífera. Depresiones y abismos que no proceden sólo de la tristeza personal de la muerte segura, sino del horror a que toda esa civilización estalle un día en pedazos. Lo pacifico que hay en Betjeman no deja de conmoverse ante el dolor de la muerte personal sino que se duele con la amenaza de lo catastrófico. Y en esto radica lo más dramático y ferviente de su poesía tranquila y mesurada, José María SOUVIRON