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cer los progresos rápidos de la señorita Lucía. 2.263 es una cifra mucho más importante que 1.944, y ella la alcanzó en pocos días. En su casa dio la noticia: -Hoy, dos mil doscientos sesenta y tres. ¡Atiza! -contestó el hermano pequeño. Los demás no se inmutarori y la señorita Lucia pensó que su hermanito era el ser más inteligente de la familia. Después del 2.263 siguieron algunos, días tristes: 1.972, 2.101, 1.830, 2.020, y un día horrible y descorazo- nante: 712. El día 712 la señorita Lucía salió avergonzada de su vitrina, se escurrió entre las demás empleadas sin atreverse a levantar los ojos. Al llegar a su casa se arrojó en brazos de su madre y entre dos hipos le susurró al oído: ¡Setecientos doce! ¡iPobre hija mía! -suspiró la madre- Son las envidias; estoy segura de que tus compañeras, están segando la hierba bajo tus pies. Pero no te desanimes. Tu ¡madre vela por ti. Ha pasado tiempo y la señorita Lucía se ha resarcido de antiguos rendimientos escasos. Ha logrado mantenerse casi siemipre a un nivel elevado y h a alcanzado la cifra máxima de 2.415. La señorita Lucía sabe hacer las cosas. Lleva la estadística de sus cifras diarias en un cuadernito. Todos los meses hace el resumen de las cifras diarias en un Cuadro y traza las curvas de nivel. Por la noche, antes de dormir, piensa en las cifras mejores y sonríe. o t r a s mujeres de su edad, menos eficaces, prefieren, pensar en un novio tonto que luego se casará con otra. ü n día llueve. Hace sol a primera hora y después, de pronto, empieza a llover. La gente se aglomera junto a la vitrina de la señorita Lucía y la cifra sube, sube... La señorita Lucía, emocionada, ya h a contado 2.722 y aún le faltan dos horas para terminar su t r a bajo; 2.912 y aún le faltan diez minutos; 2.997 y la señorita Amparo está allí, al lado de la vitrina, dispuesta a sustituir a la señorita Lucía, que, con el an- sia pintada en el rostro, espejo del alma, le ¡pide unos minutos más. ¡Llegar a tres mil! He aquí el ideal de la señorita Lucía. Sólo le faltan tres. Casi con lágrimas en los ojos la señorita Lucía ruega a la señorita Amparo que le ceda esos tres pasajeros. La señorita Amparo tiene buen corazón y una bata gris como la de la señorita Lucía. Acepta el sacrificio y le cede los tres pasajeros. Un rasgo de los que hacen olvidar las penalidades de la vida. ¡3,000! Cuando llega a su casa, la señorita Lucía no parece la misma. ¡3.000! Sube la escalera y va gritando la cifra para que se enteren todos los vecinos: ¡Tres mil! ¡Tres mil! ODespués de los primeros 3.000 se suceden días y días de una aterradora monotonía; días que oscilan entre los 2,100 y los 2.500. ¡Miseria! ¡Miiseria! Pero la señorita Lucía sigue contando. Y un día, al fin, un domingo de toros, la cifra salta de golpe a los 3.201. Otra victoria. Pero la señorita Lucía no se duerme sobre los laureles. La invade un noble afán de superación y en sueños murmura: Soy la señorita tres mil quinientos Todos los empleados del Metro conocen la ilusión de la señorita Lucía y algunos h a n lanzado la idea de proponerla para u n ascenso el día que el sueño se haga realidad y alcance los 3.50O. Pero ellos no la pueden ayudar en nada. El director del Metro quizá pudiera hacer algo: rebajar el precio de los billetesun día a la semana o poner aparatos de radio en el interior de los coches. Pero nadie se atreve a pedirlo.