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guidamente reanudan sus pasitos lentos, tranquilos, sosegados, sin experimentar sus semblantes nunca el menor gesto de alarma o de sorpresa. Para esas tertulias de viejos no existe n o ticia capaz de alterarles. Ni el mundo ni la vida parecen guardar secretos para ellos, y en el fondo es así; porque uando se entierra la lilñma ilusión o se desvanece la última esperanza, ya no hay nada que perturbe la raíz de nuestras emociones, que, al fin, desaparecieron con aquéllas. En Valdeoro se paseaban todos los días, en los soportales de la plaza Mayor, don Baldomcro y don Fabián. Siempre iban solos y siempre silenciosos. Con precisión cronométrica coincidían p o r opuestas direcciones. Se saIxidaban, -Buentas tardes, don Baldomero. -Buenas tardes, don Fabián. Y se colocaban el uno al lado del otro. No volvían a decirse una palabra durante todo su paseo alrededor de los soportales. Algunas veces, por excepción, don Fabián, que era más expansivo, decía: Mal tiempo, don Baldomcro. Sí, malo, don Fabián- -le respondía. Producido este comentario continuaban sus vueltas a la plaza, hasta que don Baldomcro sacaba su reloj de tapas doradas y anunciaba: -Vaya, es la hora, don Fabián. -Hasta mañana, entonces- -añadía éste. Hasta mañana, don Fabián. Cada uno tomaba la dirección de su casa, y al mismo paso, lentamente, se dirigían a recogerse. Don Baldomcro era bajito, enjuto, desaliñado. Usaba bastón con una cabeza de perro en el puño. Apenas le q u e daba pelo y se cubría en todo tiempo con un som, brero de fieltro desgastado que le entraba hasta las orejas. Don Fabián era, por el contrario, un viejo atildado. De buena estatura y de rostro terso todavía. Iba siempre afeitado. No usaba bastón Vestía con cierta pulcritud y caminaba erguido. No obstante, los dos ya habían rebasado los sesenta y cinco años. Era una incógnita en Valdeoro la amistad de estos dos viejos tan dispares. Agudizada, por otra parte, por la manera extraña de sostenerla, por esas vueltecitas cotidianas y silenciosas alrededor de los soportales. Ninguno de los dos amigos habían salido de Valdeoro en toda su vida y sus contemporáneos no recordaban h a herios visto junto ni profesar amistad añeja. ¿Dónde, cuándo y por qué eran amigos estos dos viejos? Don Baldomcro y don Fabián eran solteros. Los dos tuvieron la misma profesión. Estuvieron toda su vida empleados en almacenes de tejidos. Don Baldomcro pasó cuarenta y cinco años en El Encanto Don Fabián, otros tantos en Las Maravillas Ambos llegaron a encargados principales en sus respectivos almacenes. Todas las generaciones femeninas de Valdeoro desfilaron por los mostradores de esos dos comercios durante el medio siglo de servidumbre de nuestros dos viejos. De una de esas generaciones fué Gloría Medina. Hija única de un pobre zapatero remendón, viudo, borrachín y descreído, Gloria se educó en la más descuidada libertad de costumbres. Pero esa descuidada muchacha resultó una mujer bellísima y atrayente. Desde su adolescencia trajo revueltos a todos los estudiantes de Valdeoro. Tuvo innumerables novios universitarios, a los que, como era de esperar, les sucedió un buen día su primer amante formal y adinerado. Gloria entonces, que todavía no tenía los treinta años, emipezó a vestir bien y a veranear. Su padre, ayudado indirectamente, mejoró su taller y se hizo más beodo. Acabó por morir pronto con motivo de sus abusos alcohólicos. Ella se hizo una de las más asiduas dientas de los almacenes El Encanto y Las Maravillas Tanto don Baldomcro como don Fabián la despacharon mtiltitud de veces. Y los dos guardaron en el sagrario de sus almas todo el amor avasallador que Gloria despertó en ellas. Pero ninguno de los dos tuvo entereza para conservar su secreto, y llegó un momento, cuando Gloria se aproximaba a su otoñal estación, en que se lo d e clararon en voz tenue e insegura, mientras le servían sUs telas favoritas. Para sus dos apasionados y probos pretendientes tuvo la bella entretenida un rictus de indulgencia y gratitud a la vez. Los dos honestos pretendientes estuvieron dispuestos a hacerla su legítima esposa contra viento y marea de su r e putación. A los dos les guardó fielmente su secreto la sugestiva mujer. Y