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ío comprendo que, a veces, nuestras reacciones frente a los alemanes parezcan injustas. Hasta es posible que lo sean; pero, cuando reavivamos en la memoria los días de 1942 y 1943, todo está de antemano explicado en nuestra mente y en nuestro corazón. La ira puede más que el razonamiento. de V IENE después aquello De tomar a Alemania como piedra de escándalo. momento, ese escándalo ciones con la Alemania Occidental. Inglaterra no oculta lo escaso de sus aficiones hacia cualquier íovme, de revivificación del poderío germánico. Poco a poco, con pies de plomo, pidiendo permiso al izquierdo para que avance el derecho, se mueve Londres en sus relaciones con la República Federal Alemana. Y si advierte cualquier demasía o urgencia en el trámite, al punto da la voz de alerta como si quisitira decir: Eh; no tengan prisa, amisfos, que el ii iu: Eto es largo y n a die les aguarda al final del camino! se origina exclusivamente en la República Federal Alemana. De la otra República, la popular, la democrática, sometida a Moscú, pocos se escandalizan. En el gran teatro del munto, la hipocresía ha resuelto reservar las fingidas estupefacciones para la ciudad de Bonn, sonora de sinfonías. Los aparatosos estupores, los falsos asombros, van siempre dedicados al doctor Adenauer y a sus ministros. Al otro lado de la cortina está el pululante equipo de Walter ülbrioht; está el hirviente campamento comunista de los herederos de Llebnetch y de Rosa Luxemburgo. Pero, ¡atención! nadie se escandalice, nadie se sienta desed iíicado, porque allí amanece una nueva sociedad y luce sus fulgrores una nueva estrella. En los ritos y liturgias de la democracia oficial, cualquier guiño de los alemanes de Occidente mueve grandes alborotos, según estamos viendo. Hace unos días hemos asistido a im curioso espectáculo en que los hierofantes se rasgaban las vestiduras. Resuena la sentencia del libro sagrado: ¡Ay de aquél por quien viene el escándalo! El espíritu del ministro Franz Joseph Strauss salta a la palestra: ¿Soy yo, acaso, piedra de escándalo? ¿Por qué? Y burlona le responde la voz: -Lo es usted, quiéralo o no; porque aún no se ha extinguido el recuerdo del 9 de mayo de 1945. a la Ira la piedra PARALELAMENTEManantial ydea sospechas, de escándalo, el recelo. fuente de recelos, manadero de inquietudes y desasosiegos; eso es todavía Alemania para importantes zonas del mundo. Y eso que el país está roto, partido en dos, ocupado, traspasado de parte a parte por espadas de dolor. Imaginemos lo que seria una Alemania compacta, territorialmente reintegrada a su ser nacional, dueña de sí misma y de todos sus destinos, desde Koenigsberg- -la ciudad de Kant- -y los Lagos Masurianos- -sombra del mariscal Hindenburg- -hasta la vida provinciana de Bonn- -casa natal de Beethoven- -y hasta las orillas del Rhín, en d onde las sirenas cantan versos de Heine. Otra vez recuerdo el dramático acento de mi amigo el ucraniano: Ustedes no pueden imaginar lo que es la oicnpación militar alemana. O aquella sentencia concluyente de Kiiruschef ante un ilustre visitante norteamericano: No nos hagamos ilusiones; nadie quiere la reunificación de Alemania. Nosotros no la permitiremos jamás. Yo añadiría: Salvo en el caso de que la Alemania unida fuera un estado comunista, unido a Rusia por vínculos de vasallaje revolucionario. Pero, quizá ¡ni aun asi! La idea de que Occidente necesita contar con una Alemania fuerte para que el sistema ci efensivo frente a Rusia sea relativamente, siquiera relativamente eficaz, data de hace muy pocos años, y es preferentemente norteamericana. Francia la comparte con muchas precauciones. El advenimiento del general De Qaulle al poder político h a determinado una evolución de la política francesa ihacia mayores colabora- p U E S si de los recelos británicos pasamos a los ru sos, ¿quién acabarla de contarlos? Ochenta o noventa millones de alemanes acampados bajo una sola bandera y en un solo campamento, ¡qué tremendo paisaje de inquietante, hormigueante, fecunda, pujante humanid ad! ¿Otra vez Munich? ¿Otra vez el mes de septiembre de 1839? Gritan los escamados: No, no; mil veces n o Y si se les advierte que los alemanes de ahora, estos de Bonn, son otros, muy distintos de los del arrebato hitleriano, y que de ellos no ha de temerse agresión, ni sospechar sino mieles, fruncen el ceño, tuercen el gesto y comentan: Guarda, guarda, que de aquélla escapamos victoriosos y no queremos más pruebas. De pronto, aparecen las puertas y muros de las sinagogas pintados de cruces gamadas. ¡Hitler a la vist a! ¡Resucita Alfredo Rossenbergl Unos muchachos vestidos d e negra zamarra fueron los pintores. ¿Vanas locuras de juventud? Medio mundo clama: ¡Más que eso; amenaza de neo- nazismo; otra vez los hornos crematorios; otra vez las cámaras de gas! Y la que con más brío mueve el alboroto es Rusia, porque antes, como ahora, para las ambiciones soviéticas de poderío universal hay dos pueblos de señalada peligrosidad en Occidente, Alemania; en Oriente, Japón: Si alguna vez se unieran al fabuloso poder de los Estados Unidos (salvador de los pueblos occidentales) y al inextinguible brío inglés, las posibilidades japonesas y alemanas- -de una Alemania reunificada- ¿qué acontecería en el dramático juego de los equilibrios y de los desequilibrios internacionales? r AS cosas son así. Justas o injustas, rectas o tor cidas, vituperables o dignas de loa, pero así. Y no de otro modo; no según cada uno quisiera que fuesen. Ignoro cómo se dan las representaciones del mundo en la persona del ministro alemán Franz Joseph Strauss. Que él quiera acelerar el ritmo del recobro, de Alemania y apresurar la marcha hacia las metas de su patriótica ilusión, es cosa por demás explicable. Se h a hablado tanto y tanto del milagro alemán d e la resurrección económica y financiera del pueblo arrasado; se h a n cantado tales loas justísimas de las m a ravillas que aquel país h a cumplido para salir del fondo de su sombría miseria y de su sangrienta aflicción a la luz de las estrellas; es tan asombroso el hecho de que a los doce o trece años del implacable aplastamiento y de la rendición incondicional fuese Alemania invitada a entrar en el club de los vencedores, que ya parece como si se hubiesen abierto todos los a n chos caminos hacia el futuro. El ministro Strauss así lo ha creído, sin duda. Un modesto ensayo ds diálogo con España h a demostrado que no hay tal cosa. Todavía no. Aún es Alemania, para muchas gentes, blanco de ira. piedra de escándalo y fuente de recelos. M: A.