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Entre la guerra y la paz ALEMANIA: BLANCO DE LA IRA. PIEDRA DE ESCÁNDALO, FUENTE DE RECELOS Por Manuel Aznar g ü! E escandalera, señor! No recuerdo otra mayor T i l en estos últimos tiempos. ¡Buena la tiizo el mii TC nlstro alemán Franz Joseph Strauss con la ocurrencia! Despertó un día diciendo; Occidente nos pide que levantemos mesnadas contra la amenaza comunista. Sea asi. Pero, ¿dónde alojaremos tantos y tantos elementos, tantas y tantas coimplejidades como supone un ejército moderno, si vivimos apretados en nuestra casa, apenas sin respiradero, agobiados los unos contra los otros? S lfamos más allá de las fronteras alemanas. ¿A Francia, a Bélgica, a Noruega, a Italia, a España? La ciudadela española, guardada por el Pirineo y por otras cadenas montañosas, será óptima para organizar cabe sus muros unos servicios hospitalarios y unos almacenes. Consultemos con los españoles. ¿Por qué no? Una voz, entre prudente y sarcástica, interrumpe: ¡Porque no, señor mío; porque no! la vida es una continua lucha entre el porque no y el porque si. ¿Se h a olvidado usted del 9 de mayo de 1945? El ministro Strauss, víctima de un pasa, 1 ero olvido involuntario, podría contestar: ¿Qué sucedió el 9 de mayo de 1945? Y la voz sarcástica diría: Ese día fué ej de la capitulación de Alemania. Hitler incinerado: Goering fugiitivo en Baviera; Himm 1 er escondido en Westfalia; el almirante Doenitz encargado de tramitar la rendición incondicional... Por los caminos de Oriente, los ejércitos rojos sobre Eerlín; por los de Occidente, tropas americanas, británicas, francesas... Argüiría el ministro; ¿Soy yo, por azar, heredero o legatario de Hitler? Y la voz: Usted, señor ministro, no; el pueblo alemán, sí. Como de Goethe, de Bismarck, de Hegel o del Gran Federico. La Historia es una poderosa unidad. Cuando las nuevas generaciones logren que el mundo, al oír el nombre de Alemania, piense más en Goethe ae en Hitler, todo será distinto. Esa hora no ha llegado todavía. Tt I E parece que algunos alemanes no han caído en esta cuenta. La realidad es dramática; no sería discreto reemplazarla con birlibirloques y fantasías. Alemania continúa apareciendo a los ojos de una buena parte del mundo como 1 blanco preferido de la ira internacional. De vez en cuando damos en pensar que ya pasó el tiempo de la cólera. Asistimos a verdaderos festivales de cortesías, de abrazos y de zalemas. Pero, ¿qué laay debajo de todo ello? Esto que acabamos de ver; pasiones a punto de explosión, apenas un aire frío menea la fronda del jardín en calma. Encono y cólera, ira y rabia. En primer término, los judíos de todo el mundo. La existencia tí el Estado de Israel ha creado nuevas m e tas de ilusión para el pueblo judío. Pero, antes, la grande y profunda nostalgia de la raza dispersa iba hacia las ciudades alemana. s. Durante la guerra uníversal oí decir a un srran amigo mío, judio ilustre: ¿Ve usted esta inmensa tragedia? Todo me parecerá bien empleado y bien sufrido el día que pueda pasearme con pie firme por las calles de Francfort. Esa pasión hebrea por Alemania es la que levanta tremendas iras cuando sobreviene el recuerdo de los inauditos sufrimientos pasados. ¿Puede sorprendernos que así sea, sobre todo cuando se trata del pueblo más capaz de multiseculares recuerdos? Hay, además, otras iras. Un ucraniano joven, rostro de niño y cabello hirsuto, me decía en los pasillos de las Naciones Unidas: Ustedes no pueden imaginar lo que es la ocupación alemana. ¡No lo pueden imaginar!