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MUJERES CELEBRES de los G a l l o s toreros, a la que no hay que confundií con la dinastía de los G a l l o s banderilleros, aunqu) pertenezcan a la misma sangre. SI hasta entonces lo Ortega habían sido los reyes d e la torería, la mezcla d (los Gómez y de los Ortega había de producir emperadores. jDei matrimonio de Gabriela con Fernando nacen seis hijos- -t r e s varones y t r e s m u c h a c h a s- a saber: Rafael Gómez, El Gallo Fernando, banderillero, y aosé que había de morir en Talavera de la Reina empiftonadc por un miura. ¡Malhaya s e a! Las hijas de la señora Gabriela siguieron la tradición La mayor de las muchachas casó con su primo hermane Enrique Ortega, el Cuco famoso banderillero de si célebre cuñado J o s é Trini, Ja segunda, se unió a Manolo Martín Vázquez, asimismo matador, y Dolores i Ignacio Sánchez Mejias, initeieotual y torero. Ls sangre de GabrieKF Ortega Feria bulle hoy ei las venas de s u s nietos, los hijos d e Fernando, de Gabriela y de Dolores. La hija del primero, la bellísima niña T r i n i as IJ esposa del doctor Domenecq y habita en Triana. Los tre; hijos de Gabriela y el C u c o son: Rafael- matador- -José- -banderilleroy Gabriela- -la Gabriela Ortegí de hoy- -intérprete de un género nuevo, de la que Gre gorlo Marañón ha dicho q u e ha revolucionado la c u l t u r a poética española ai unir el ritmo del baile flamencí con la poesía. Los hijos de Lola y Sánchez IVIejías, José- -torero y Piruja- -señora dei doctor Recasens han conservadla finca sevillana de Pino Montano donde su padr reunió a los grandes poetas de su tiempo: Guillen, Al bert, García Lorca... La viuda de Ignacio, Lola Ortega, es una de la se ñoras más señoras que he tratado. ¡Cómo bailaban se viüsnas ella y la Niña Trini cuando Ignacio se lo pe día! ¡Cómo alzaba los brazos, con qué arte levantab su cabeza morena de tez oscura y pelo anillado! A la m u e r t e trágica de Ignacio, Federico García Lorc escribió uno de sus mejores romances: L l a n t o por Ig nació Sánchez Mejias. BRrtíI. l ORTK (M ¡Qiip iiíi uiprri veriii I lilie a T. i luna (iiie venffii que nii quiferü ver la s. anK e (le! jrri. i; í i -iVire ií) apena. GABRIELA ORTEGA Y FERIA, LA MADRE DE LOS GALLOS A la muerte de- Gabriela Ortega v Feria pudo decirse, con razón, que había llevado en su vientre a una t a u r o maquia. De lejos íe venía a esta gaditana, nacida en 1883, su contacito con la fiesta nacional. Si los frisos griegos muestran figuras de hombres, sorteando las embestidas de los toros, con unas telas envueltas a sus cinturas, no resulta extraño que una mujer que. había visto la luz en la ciudad griega de And- ucia llevara en sus venas la semilla de urt arte incopiable. Hija de Enrique Ortega Díaz, torero y gaditano, su abuela a primera Gabriela de la que hay m e m o r i a- había tenido cuatro hijos, todos eüos toreros famosos: Antonio, El LIMO Francisco, El C u c o Gabriel, B a r r e m b í n y Enrique, padre de Gabriela, la que- -p o r si no tuviera b a s t a n t e- -fué sacsda de pila por otro matador famoso, P o n c e pasado con su tía c a m a! Cristina Ortega. En la genealogía de Gabriela Ortega Feria, como en las genealogías de las reinas del León y de la Castilla de la baja Edad Media, hay que andarse con mucho tiento para no caer en la confusión. Una cosa es cierta. Que hay reyes por los cuatro costados de las princesas castellanas y leonesas. Que hay toreros por ios cuatro costados de Gabriela Ortega y Feria. En 1881 esta hija, sobrina y nieta de toreros, y mucho más allá, hasta donde la memoria alcanza, contrae m a trimonio con Fernando Gómez, fundador de la dinastía JOSEFINA DE ARAMBURU Y SANT OLALLA, MUERTA POR DIOS Y PC 1 R ESPAÑA Josefina de Aramburu y Santa Olalla, hija de un bar quero de Cádiz y de Mercedes Santa Olalla, la mujer óuj paso por la ciudad atlántica marcó v leflnió t o d a ur época, había nacido en una oasa- palaclo de la calle di Vedor, donde se reunía la flor y nata de la sociedad ar daluza, regida por su madre que triunfaba por su bellez talento organizador y gracia. Alta, rubia, muy distinguida, con unos ojos de un vei de inolvidable, Josefina de Aramburu hubiera podido lim t a r s e a ser una muchacha de la buena sociedad y a gozi de la situsción privilegiada que el destino le había séñi lado. Josefina Aramburu, sin embargo, experimentaba desazón que producía en su ánimo las desgracias ajena Muy joven, se nizo dama enfermera de la Cruz Roja, prestó servicios en los Hospitales de Sangre d u r a n t e campaña de la guerra de Marruecos, lo que le valló ur alta condecoración. En la madrugada del 18 de agosto de 1836, sin mi delito que haber sentido la inquietud social de Españ fué detenida en Madrid y llevada a una Checa, donde confió a otra compañera de cautiverio: Estoy en paz pido a Dios por el que vaya a ser mi asesino. La fusilaron unas horas más t a r d e Durante mucl