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DALAMGE LA MEDICIMA MUMDIAL Eh 1935 N la historia de la Medicina hay fechas verdaderamente gloriosas. Años memorables, cuya celebridad se gestó en un día, en una hora o acaso en un solo minuto. Un hombre o un grupo de hombres, buceadores incansables de la experimentación, logran aislar un microbio, agente causal ignorado de una enfermedad. O descubren una sustancia orgánica que va a revolucionar los conceptos de la Fisiopatología de un órgano vital. O internados en el campo de la Bacteriología encuentran a la vacuna curativa que llevará una nota optimista al sombrío pronóstico de una enfermedad grave. ¡Ah! pero el gran público ignora que esa fecha gloriosa no se logró las más de las veces, ni por obra de la casualidad, ni por el esfuerzo de una sola voluntad. Alrededor de un hecho misterioso, ¡y tantos tiene la Medicina! un ejército de experimentadores diseminados en las clínicas y laboratorios de todo el mundo lucha incesantemente en busca de la verdad. Y antes del triunfo, gloria que monopolizará el más genial o el más afortunado, la tupida red de las Academias y revistas científicas, habrá captado toda la pequeña historia de éxitos parciales, de virajes interpretativos, de lluevas técnicas sin cuyo concurso, acaso, el éxito no se hubiera logrado. Cuando en 1922 Banting y Best descubrieron la insulina, en el laboratorio de Fisiología del profesor Macleod, de Toronto (Estados Unidos) hacía ya treinta años que Mering y Minkovski habían observado que la extirpación del páncreas en los perros iba seguida de diabetes grave y fatal, y por lo tanto pensaron que el páncreas tenía una secreción interna que regulaba el metabolismo de los hidratos de carbono. ¡Seis lustros anduvo el mundo científico buscando la hipotética hormona! Y tan certeras eran las investigaciones, que en 1916, seis años antes de su descubrimiento, Schafer, bautizó con el nombre de Insulina a la misteriosa secreción. 1922, fué el año glorioso de la insulina. Pero los treinta años precedentes constituj en la historia magnífica de una labor tenaz llevada a cabo por muchos hombres en busca de la meta insulínica. Seiscientas seis experiencias llevaba realizadas Ehrlich, cuando descubrió el salvarsán. Sin embargo, 1909 recogió en su celebridad toda la labor tan silenciosa como genial, que precedió al descubrimiento del arma más potente que la Medicina dispone para luchar contra la infección del treponema pálido. 193 S, como tantos otros años que le precedieron y como muchos otros que le han de seguir, no ha logrado la gloría que la historia médica reserva a las fechas de excepcionales descubrimientos. Mas su balance es harto halagador y en él triunfa un noble afán E EL DOCTOR SANZ BENEDED de perfeccionamiento higiénico- sanitario que ha de llevar a muchos pueblos y razas una elevación del índice de salubridad, y un acoplo de medios para la lucha contra las enfermedades. Es de justicia hacer resaltar que gran parte del éxito de esa labor corresponde a la Organización de Higiene de la Sociedad de Naciones. Ella auna, orienta y facilita los esfuerzos de Gobiernos y entidades que se ocupan de higiene y sanidad pública. En diciembre cada año, edita sü Anuario Sanitario Internacional, en el que se recopilan concienzudamente los progresos sanitarios logrados en países y colonias y las estadísticas demográficas y de morbilidad de equéllos. Al calor de esa altruista orientación lia aumentado en 1935 el interés por la lucha contra la lepra, terrible infección, a la cual, y a jpesar de su sensible disminución, no se ha logrado todavía catalogarla entre los recuerdos históricos. Recordemos que con motivo del conflicto italio- etíope, se ha fijado en cerca de dos millones el número de leprosos que viven en los dominios del Negus. Y ¡el foco abisinio no es el más importante! En el año que acaba, se han inaugurado dos Institutos leprológicos: uno en Bamako