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APUNTES PARA UNA OBSTETRICIA EGREGIA M URIÓ la Emperatriz Isabel, esposa de Cai- los I de España y V de Alemania, en la ciudad de Toledo, el día primero de mayo del año 1539, a los treinta y seis de su edad a consecuencia de infección puerperal, contraída al tener su último hijo, que nació muerto y cuando su primogénito, que había de ser Felipe II, contaba doce años. Padeció grave enfermedad febril diez años antes, tan grave, que disponiéndose a bien morir hizo testamento. Curó de sus recias tercianas gracias a la intervención de los médicos. Zurita, Al faro y Villalobos, que la asistieron. En plena juventud, admirada y querida como emperatriz y como mujer, le llegó la hora de abandonar el mundo; paradójica complicación de la maternidad frustrada en aquella ocasión, para mayor dolor. Fué asistida por el doctor Villalobos, médico eminente sobre toda eminencia, gloria de la Medicixia y del habla castellana, de talento extraordinario y de asombroso ingenio; al ocurrir tan triste suceso en la Corte, cayó en desgracia, por no haber acertado con el remedio de tan temible enfermedad, que llevó al sepulcro a la Emperatriz, y al Duque de Gandía a los altares, donde es venerado como San Francisco de Borja. Profundísima aflicción y no menor desencanto del mundo debió causar en el ánimo del Doctor Villalobos la desgracia, como testifican los inspirados versos que compuso para dar suelta a su dolor: Venga ya la dulce muerte con quien libertad se alcanza; quédese a Dios la esjjeranza del bien qxie se la por suerte. Quédese a Dios la íortuna, con sus hijos y privados; quédese con sus cuidados y con su vida importuna. Y pues al fin se convierte i en vanidad la pujanza quédese a Dios la esperanza! del bien que viene por suerte. Y comienza con estas palabras, la glosa de su canción: Cuando aquella muy bienaventurada hembra, la Emperatriz nuestra señora, se fué huyendo de las lágrimas y trabajos desta vida, y se acogió a los jglaceres y descansos que agora tiene, yo quedé tan triste y tan descontento del mundo, que deseaba, si Dios fuera servido, morirme en aquella sazón con su buena gracia Más fugaz aiín, fué el paso por el mundo de María de Portugal, primera mujer de Felipe II, de la que nació el desdichado Príncipe D. Carlos, el día 8 de julio de 1545. Al comunicarle la noticia a su padre, por medio de Ruy Gómez de Silva, el Rey Felipe encomendaba a este personaje de la Corte que le transmitiera los detalles, refiriéndole en su carta que la Princesa a media noche, había tenido un hijo y hasta rematar el trance habían transcurrido casi dos días. Tres después del nacimiento del Príncipe D. Carlos, tuvo de pronto recia calentura acompañada de convulsiones, muriendo en veinticuatro horas en las que no recobró la consciencia más que para recibir