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El. ILUSTRE DOCTOR I) ON LUIS GARCÍA A N D R A D E ¿Está tuberculoso el niño? lENDO la tuberculosis una enfermedad tan extendida y de tanta gravedad, nos interesa saber si el niño está realmente contagiado o no, y para ello disponemos de bastantes medios de investigación; como son el análisis de sangre, esputos, radiografía y la prueba de la tuberculina, aparte de la más importante, la exploración clínica. Aquí no nos debemos de ocupar de todos estos métodos de diagnóstico, pues sería muy extenso y perdería este artículo su carácter de divulgación. Infinidad de veces se nos presentan en los hospitales, clínicas y consultorios las madres a decirnos que temen que su hijo esté tuberculoso, por su mal aspecto, palidez, tos, falta de apetito y décimas. Todos estos síntomas, en gran número de casos, con razón, alarman a la familia, y llevado el niño al médico éste cree conveniente, además de otras exploraciones, hacerle la más decisiva de todas, que es la prueba de la tuberculina, y por desgracia tropieza muchas veces con objeciones por parte de los padres, que temen, equivocadamente, que esta prueba puede contagiar a su hijo en el caso de que no sea tuberculoso. Voy a describir brevemente en qué consiste este medio de diagnóstico. Hay varias maneras de practicarla. Una de ellas, la más sencilla, se hace extendiendo suavemente sobre la piel del brazo del niño un poco de pomada de tuberculina y S mirar al cabo de 24 o 48 horas la reacción que ha dado. Otra consiste en extender un preparado de tuberculina en un pedazo de esparadrapo y luego aplicar éste a la piel y esperar el mismo tiempo que el anterior para ver el resultado. Finalmente tenemos los dos más importantes: la cutirreacción y la intradermorreacción. La cutirreacción, de Ven Pirquet, consiste en hacer unas escarificaciones en la piel del antebrazo, parecidas a las que se hacen en la vacunación antivariolica, en las cuales se deposita una o dos gotas de tuberculina, y haciendo además otra escarificacióti cerca de las anteriores, pero sin poner nada de tuberculina, con objeto de que nos sirva de contraprueba. También podemos utilizar un perforador de piel, con el cual herimos levemente en tres puntos relativamente cercanos la epidermis, y después aplicamos la tuberculina en dos, dejando el tercero sin aplicársela para que nos sirva de control. En las figuras adjuntas podemos ver perfectamente el resultado de esta prueba. En la figura i. se aprecian las distintas reacciones, según la concentración; la superior es con tuberculina pura, la inferior es la que nos sirve de comparación y en ella no se ha hecho nada más que la puntura, y las otras son con diversas concentraciones. En la figura 2. se puede apreciar a las 48 horas una reacción de mediana intensidad, siendo la picadura central la que sirve