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a cuál de los cuatro grupos sanguíneos pertenece. El médico, auxiliado por el microscopio, determina ciertamente y distingue si la sangre ita brotado de una hemorragia nasal o de una herida. También puede esclarecer, en muchos casos, si la sangre es humana o animal. Este dato se obtiene merced al examen de los glóbulos rojos, que son ovalados en todos ios seres de la escala zoológica, excepto en los mamíferos; que en cada especie de mamíferos tienen dimensiones particulares, y que en el hombre alcanzan un diámetro fluctuante entre sesenta y nueve y setenta y siete diezmüésimas de milímetro. Desgraciadamente para los efectos de la seguridad del diagnóstico, en la sangre de los cuadrumanos y de los perros los glóbulos rojos son de tamaño igual o muy semejante a ios del hombre. En cambio se ha llegado a precisar que los hombres pertenecen a uno de cuatro grupos sanguíneos, perfectamente clasificados por las diferencias de reacciones de la sangre. Así, pues, si el matador y el muerto no están incluidos en el mismo grupo sanguíneo, puede rotundamente concretarse si las manchas de sangre corresponden al asesino o a su víctima. El ideal científico es llegar a la individualización del diagnóstico de la sangre, por medio del descubrimiento de hechos diferenciales particularísimos. Mientras no se alcance ese ideal queda tin margen de error, que resta autoridad al dictamen facultativo. H a de decirse en honor de la verdad que los médicos legistas, con espíritu muy justiciero y muy humano, se inclinan en sentido favorable al acusado siempre que existe la menor duda respecto a la solidez de sus conclusiones científicas. Invención de estos médicos han sido las frases de responsabilidad atenuada y de responsabilidad parcial que han salvado la vida a centenares de delincuentes. Y en verdad que de tejas abajo no ha 5 quien sea capaz de precisar exactamente la cuantía de respon, sabilidad de un criminal en el momento de perpetrar el crimen. La ciencia de los hombres no ¡legará mmca a penetrar en el fondo de las conciencias ni a leer en las intenciones. Ello está reservado a Dios. Pero si en lo humano no se consigue todo lo que se apetece, se alcanzan triunfos estimables en el esclarecimiento de la verdad. Por las huellas de los labios y de una mano. Recientemente se han obtenido dos éxitos muy satisfactorios. Un personaje francés de gran relieve político y financiero recibió una carta, escrita con letra de mujer, exigiéndole una cuantiosa suma en metálico y amenazándolo con terrible escándalo en el caso de que la petición no fuera atendida. La chantajista, en vez de firmar, estampó en la carta los labios que, por estar teñidos con carmín, dejaron huella roja en el papel. La policía pudo averiguar que el papel procedía de Siria y ahincó en sus indagaciones hasta fijarse en tres o cuatro prójimas sospechosas. Y logró identificar a ¡a delincuente por la impresión de la huella de los labios enrojecidos y por el análisis de la saliva, coincidente en su composición con la recogida en los mínimos residuos mezclados con el carmín. La policía alemana se encontró ante el misterio de cuatro asesinatos. En una vivienda rura! aparecieron muertos violentamente un matrimonio y sus dos hijos de corta edad. El padre tenía el cráneo roto a martillazos y una puñalada en el corazón; la madre estaba degollada y los dos pequeñuelos habían sido estrangulados. Las puertas y ventanas de la casa se hallaban cerradas; en el exterior, a pesar de haber llovido, no se descubrió huella de pasos; no se notó falta de dinero ni de ningún objeto de valor. El misterio resultaba indescifrable. Entonces entró en funciones la Medicina legal; los forenses descubrieron huellas dactilares en los cuellos de los niños, partículas de sangre seca en las uñas de las manos de la madre, arañazos recientes en el rostro del padre... Y el misterio quedó desvanecido; las huellas correspondían exactamente a las de los dedos de las manos de! padre, y del padre era ¡a sangre desecada en las uñas de ¡a madre al luchar en defensa de la vida de sus hijos y de la propia existencia. Los tres asesinatos y el suicidio final eran crímenes determinados por repentina locura de aquel hombre, alcohólico y epiléptico. La demostración fué concluyente, y los jueces consignaron una felicitación muy expresiva para sus meritísimos colaboradores en la difícil misión de administrar justicia. T de Córdoba.