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El médico español en la literatura hispana AN unida está el alma a la materia, tan cerca una de otra, que es curioso observar, a lo larg de nuestra rica historia literaria, cómo el médico, cuya misión es defeJtider la carne, tropieza mudias veces con el espíritu, oculto quizá eií alguna cavidad ignorada, en algún misterioso recoveco, y cómo entusiasmado con su hallazgo, trueca a menudo su escalpelo en pluma, aparta sus ojos del humano dolor que le rodea, y deja volar su fantasía por etéreas regiones, mundo ilusorio de cautivadoras quimeras, vergel de musas y solar de dioses En algunos casos- -como en Mateo Alemán y en Vital Aza- -vence el Arte a la Ciencia: en otro -como en Villanova, como en Laguna Velázquez- es Esculapio el victorioso; para muchos- Jerónimo de Huerta, Sánchez de Viana, Tolosa Latour, el nunca bien llorado Ramón y Cajal- no pasa de escarceo literario, breve descanso de mentes fatigadas por el abrumador trabajo cotidian o a los menos- -Raimundo Lulio, el santo de Mallorca; Mig iel Servet, el sabio descubridor de la circulación de la sangre, consumido en hoguera no tan viva como el odio implacable de Calvino- -una capacidad extraordinaria, casi monstruosa, permite su desdoblamiento genial, y tm don maravilloso de obictiidad les deja elevarse hasta los cielos sin abandonar un s Hndo su vasto ministerio en la tierra. No nos consiente el limitado espacio de tin artículo nombrar siquiera a todos Ic médicos que fueron, además, ilustres escritores. Desde que en el remoto siglo xiii topamos con el catalán Arnaldo de Villanova, médico de Pedro I I I de Aragón y de Jaime I I el Justiciero, publicando sendos y enjundiosos tratados sobre Filosofía, hasta que, a través de ochocientos años, damos con los eximios novelistas Felipe Trigo y Pío Baroja, honra y prez de las letras españolas, solamente una lista sin comentarios ocuparía páginas y páginas, apretándose entre sus márgenes en confuso tropel de fechas y de nombres. Don Fernando de Córdoba, el gran políglota, famoso por su descomtmal memoria Sobrarías, que escribe largos poemas líricos en latín; D. Francisco López de Villalobos, con stis sabrosas Cartas, precursoras del picante a c e j o de Quevedo; el licenciado Eugenio de Torralba, tm poco iluminado, un poco loco, camarada del diablo Cequiel, paladín de trasgos y de brujas, a qiiien Cervantes pinta caballero en Pegaso de ma dera y al que dedica Campoamor- -médic frustrado, por cierto- -uno fe sus más cono- El. FAMOSO TEÓLOGO Y MÉDICO ESPAÑOL MIGUEL SERVETj QUE PSÍSItíTlÓ, ENTRE OTROS FENÓMENOS BIOLÓGICOS, HX DE LA CIRCULACIÓN DE LA SANGRÉ, Y QtJE, ACÜS. ÜO 1) E HEREJÍA, FUÉ QGSafApo VIVO. T cidos poemas; el preclaro D. Andrés Laguna, viajero infatigable, encargado de la salud de Carlos V y de Felipe I I los judíos Abarbanel, autor éd poético Dúdoghi di Amore, e Isaac Cardoso, padre del extraño Panegyrico y Excelencias del- color verde; Alonso de Corella, que escribió mtos Secretos de la Filosofía y la Medicitta, len versos octosílabo. s! Juan de Jara va, que publicó entre otras muchas obras, el CoUoquio de la Moxea e de la Hormiga; D. Francisco Valles, por sobrenombre el Divino Rodríguez de Castello- Branco, Monardes, Bernardino Montaña, Jtian Lorienzo Palmireño... En los libros de nuestros clásicos, en las obras de nuestros críticos, encontraretnos más de íiina vez elogios y alabanzas dirigidas a médicos autores. Don Juan dé Vergar a es llamado por Cervantes honra del siglo venturoso nuestro el Fénix- de hs Ingenios exalta al doctor Sanz de Soria; Cejador compara con Montai ptie a D. Francisco Sánchez, el pensador esceptico establecido en Burdeos, Entre estos mismos clásicos, no perderemos el tiempo buscando nombres de profesionales de la Medicina. Ahí está Mateo Alemán, mal médico, algo fullero, con más de matasanos que de sabio y más de picaro que de facultativo; huéi ped de varias cárceles por deudas, enredador, pendenciero,