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D. SANTIAGO ItAllOK Y C A J A L EL MÁS GRANDE NEUROHISTÓLOGO DE TODOS IX) S TIEMPOS. cuando recortaba menos su barba encanecida, me hizo pensar en la cabeza fe Solón de Atenas o én la de Feríeles, que yo habia visto muchas veces en los grabados de no sé qué libros y en las estatuas de no sé qué museos. Me iba a Contemplarle a una tertulia que tenía en d café de LevMite, entre médicos militares, y a otra, más tarde, cenáculo de literatos, en el café Suizo; allí el sabio salía de su nube para intervenir en las desenfadadas parletas, que salpimentaba cum grano saUs; era el momento en que podía ¿bordarle... ¡Pero nunca me atreví; y he aquí cómo ahora sé me deshace en palabras la pena de que se me haya muerto sin haberle estrechado la mano! Ya no estudiaba yo Medicina, claro está; pero tenía, tengo aún, muchos amigos médicos cuyo trato me sirve porque me cuidan la salud del cuerpo y de la mente, que los buenos médicos saben algo más, bastante más, que Medicina, y porque bregan con los cuerpos saben también de las almas en, ellos prisioneras, y así son con frecuencia psicólc s seguros, sin pretenderlo, y t o d a no acierto a comprender cómo los aborreciera tanto el g: rau Moliere. Mas no divaguemos: Ramón y Cajal era médico, y no era médico, porque no visitaba enfermos. Se cuenta de él una anécdota muy graciosa: Diz que á hijo de su portera rodó ua Sa escaleras al jo y se rompió una pierna, y acudieron inmediatamente a don Ramón que bajaba tras él; comprobó el sabio la fractura del peroné, y como le preguntaran ansiosos qué podrían hacer, contestó en el acto, con la máxima sencillez: Llamar a un médico inmediatamente E r a demasiado sabio, demasiado interior, el g r a n d o n Santiago, para dedicarse a la Medicina en visitas y consultas y escuchar a los enfermos que abmm i con interrc aciones, c u y a s r e s- puestas mal pudioan ñitender, y hasta opinan y discuten. Mejor hubiera podido ser Cajal un- m nííico veterinario pero picaba más alto el que foé gran anatómico por amor de la escultura humana y el que por el lente de su microscopio, camino de una sabiduría que le hizo glorioso, poe- tizó callado y humilde, y se engrandeció a sí mismo mirando la célula y olvidado de las bacterias. Poetizó, he dicho continuando en mi divagación cuáindo- ya no quería divagar, y eso es lo que me importaba decir, que Cajal era un poeta y un artista, por donde a mí se me aumentaban el amor y la admiración. Leí algtuias de sus obras, las releo aún, y el tener presente su Recmr dos de mi Vida se opone al intento de una biografía. Su propia historia, contada por él mismo; la historia de una vida intensa y rica, de niño, de mozo, de hombre, dé viejo, que tuvo en todo momento el esjúritu exacto de su edad; la historia que nos habla de su romanticismo aventurero y combativo sin blanduras sentimentales; de sus aficiones de pintor y de literato, cultivadas, aquélla, cuando adolescente, y la otrsi, toda su vida a lo largo de todos sus escritos; la historia en que nos cuenta sus trifulcas de muchacho, los sueños de su ánimo guerrero, sus aventuras de soldado, sus pintorescas andanzas en Cuba y en que nos demuestra cómo ascendió de rapaterbas de aldea a primer sabio del mundo, sin alarde ni ostentación, porque tenía capacidad para todo su ctraor-