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nutrirse o corregir- -Cervantes recogía los papeles de la calle- y hasta mí bajó sus oií) s, a tan altas visiones habituado, y yo pudiera decirle a él que mucho, antes le había leído, con asombrado y conmovido ahinco, como si presintiera la merced y adelantase la gratitud. Mal podía, en verdad, presentir nada entonces, cuando ni siquiera soñaba en que un día habría de lograr la suerte de que se me considerara en Madrid como uno más entre los escritores españoles. Era muy mozo, estaba en mi andaluza y peruana ciudad de Lima y estudiaba Medicina, que abandoné a los dos años, pues en las andanzas de mí vida, no muy corta ya, pero que más larga aún parece por la notoriedad sin fama que le diera mí inquietud, yo fui aprendiz de todo para no ser maestro de nada. Uno de mis profesores, el doctor Ricardo Flórez, a quien dejé en mi último viaje de hace aperas diez meses, con más de ochenta años a cuestas- ¡así Dios nos consienta volvernos a encontrar! me dio por aquel entonces el primer libro de don Santiago. Era una edición francesa y se titulaba- no lo olvidé nunca- -Les nouveUes idees sur la fine anatomía des centres nerveux Flórez había estudiado en Francia; frecuentó la Salpetriere, conoció a Pasteur y a Charcot, vio operar a Doyen, y se dio solo un paseo volandero por la España pintoresca, que miró con los ojos de Próspero Merimée, sin concederle importancia de nación europea. Le gustaban los toros; pero no creía en la ciencia de los españoles y, como buen hispano- americáno de aquellos tiempos, amaba sobre todas las cosas al París de las dos exposiciones. 1880- 1900, y consideraba único cerebro del mundo n la Cara Lutecia del poeta niaiiagüensc. Sin duda sólo porque llegó a sus manos en francés leyó Flórez la obra de Cajal, y cuando, me la dio, encareciéndome mucho su mérito, yo, a la vez que renegué de que no viniera en castellano- ¡y eso que no sospechaba entonces con qué jugosa agilidad y con cuánta gracia lo manejaba el histólogo eminente! -me alegré de que al fin mi afrancesado profesor reconociera que la flor del sabio también se daba en la querida y gloriosa tierra de Hispana. Leí el libro, siiti acabarlo de entender, que era demasiada ciencia para mi desnutrido caletre; lo presté a los amigos; pasé las negras varias veces por recobrarlo, y, después, cuando en nuestras tertulias volaban los nombres de los sabios del mundo, yo repetía con orgullo hispanófilo el de Ramón y Cajal. Es más, otro de mis profesores, que ya cruzó hacia la orilla sin retorno, el doctor Odriozola, me consiguió, no sé cómo, un retrato de! sabio español. Sabia que aumentaba con un icono más nii colección de ídolos cantantes, toreros y literatos. Ahora que he visto otra copia del mismo retrato, puedo asegurar que era del año 1884, de cuando don Santiago fué a Valencia a encargarse de la cátedra de Anatomía: el rostro fino, anguloso, mediterráneo, de pómulos salientes y mejillas enjutas, de nariz fuileña y ligeramente acaballada, sin cur arse; una cortinilla de pelo le cubría la calva incipiente y una barbita casi redonda, a la española, daba a r xIo el conjunto un extraordinario parectdíj- entonces! a otro retrato que yo tenía, tengo aún, del célebre artista roncales Julián Gáyarre. Aumentó mi simpatía. Yo estudiaba también el canto entonces, y- ¡cosas de chico! -Ramón y Cajal fué mi sabio y mi tenor. No sé si el gran don Santiago, a quien debieron de acunar en Petílla al son de jotas aragonesas, que luego oyera de mozo en Jaca y en Ayerbe, tuvo algjuna vez aficiones de cantante; pero si sé que en su ciencia dio muchas veces el dó de pecho, y con una voz de clarín que hizo aumentar por emulación y por justicia las voces de los clarines de su fama. Cuando llegué a España, allá por el año de 1906, a revivir de hombre mis placeres de niño, traía en mi cartera apuntado el nombre de Ramón y Cajal entre los de aquellas personas notables a quienes quería visitar para darle eficacia de honor a mi viaje. No me atreví nunca. Tuve la audacia, y fué la primera- -i y por Dios que no me arrepiento! -de acudir, sin carta de recomendación alguna, a casa de Jacinto Benavente; pero Jacinto era autor dramático, maestro del oficio que yo quería hacer mío definitivamente tenía fama bien ganada de hombre ameno, conversador, irónico, y hasta mordaz a veces, y una sonrisa a la par diabólica y acogedora sobre el triángulo de la barbita mefistofélica y et tre las negras guías del bigote. Todavía era aquel fauno saltante, que crd? raha con finas botas de irmndano sus patas de chivo, según- la imagen de Rubén Darío, y no habíase recortado como ahora la fanfarronería de sus crespos mostachos borgoñones, ni la severa serenidad de los años había ungido con óleos franciscanos su rostro- cetrino de caballero de el Greco. Jacinto era un personaje de teatro, y pude hacer de tripas corazón para ir a verle. Pero con don Santiago Ramón y Cajal no me atrevía; tenía fama de hosco y huraño, y era un sabio, todo un sabio: ¿de qué iba a hablarle yo y qué le importaría a él decirme? Siguiendo una costumbre de toda mi vida, que nadie me enseñó, la de descubrÍJine al paso de todas las- personas que tienen un altar en mi admiración, saludé siempre a don Santiago al encontrármele en la calle, y alguna vez, muy pocas veces, el sabio distraído me hizo la merced de una cortés inclinación de cabeza. Y su cabeza, que vi muchas veces descubierta, ya no me pareció como aquella del retrato que yo conservaba como una reliquia; aquella debió de ser una mala ilusión infantil; la cabeza de Gayarre tenía las facciones más toscas y duras, era una testa de navarro fuerte, y esta fina cabeza aragonesa de Ramón y Cajal, era una cabeza de latino, de romano, que iba poco a poco con los años, pareciéndose cada vez más a su origen antiguo y noble, y ya en los últimos tiempos.