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la Abyssinian Corporation, para monopoüzar importaciones y exportaciones y servir por medio de concesiones agrícolas y mineras los intereses británicos. ¡Ah! per Dio, y ahora sale aduciendo las razones del Coveimnt! Todos estos días ha vuelto sobre lo mismo, con una abundancia de detalles y de razones que ya no recuerdo, el exaltado piamontés, y yo le he rebatido, débilmente para no ofenderlo, diciéndole que lo que hay en verdad es una oposición de la Europa liberal, contra la sed ansiosa de conquista del jaseismo italiano, y como no soy fascista, prodigué mucho mis argumentos que tú conoces, En el fondo he podido observar que el píamontes no quiere discutir teóricamente el fascismo; que todo se reduce a su admiración por Mussolini, el hombre c je ha salvato l Italia, y de cuyo valor personal, de cuya inteligencia, de cuya oratoria acerada y ta ante, me hace un largo y florido panegírico, Í simpático, y a quien acabo por darle la razón callándome, para no hacerme odioso y sospechoso, y que no me jpierdan la simpatía que me desmuestran oficiales y soldados italianos, que al oírme cantar sus canciones y hablar en su idioma, me llaman con el niijmo mote glorioso, con que en otro tiempo llamaron a un gran pintor español. Lo spagnoletto. Aquí, en Decameré, te escribo en la tienda de campaña, bajo la luz eléctrica de siete laniparitas de bolsillo, que me han prestado el piamontés y unos oficiales. H ¡emos tomado por toda cena unos plátanos de la Somalia llaliana, que por el camino le compramos a un morito amigo, que vestía un chaleco europeo y chapurreaba la lengua de Dante. Después de cenar salimos el piamontés y yo de la tienda y nos hemos estado al aire libre, hasta que su reloj de pulsera marcó la una de la madragada, gozándonos el espectáculo magnífico de esta noche africana. Flotábamos sr bre un inmenso mar de niebla, la cual ya había vuelto a bajar hacia el valle. Un segmentó de luna, un cuerno de alabastro lurainoso, pendía en el azul. La tierra tenía un blancor lechoso y fosforescente. Allá lejos, en el límite del horizonte, donde el azul del cielo era más aterciopelado y profundo, brillaba, derecha como sobre un altar, la Cruz del Sur. Un gran silencio palpitante de la respiración de los soldados dormidos en sus tiendas. Pensé que todos ellos eran como una multiplicación del alma de mi amigo el piamontés. Razonaban poco; sentían; para ellos Italia, el Duce, el fascismo, la necesidad de guerrear y la necesidad de vencer, eran una sola y misma cosa, y todo tenía un solo nombre: Patria. i Tendrán razón? Yo no lo sé. Pero siemten, sueñan, aman; tienen un gran espíritu de sacrificio y saben sufrir santa y ferozmente, ¡y me parecen admirables! Un abrazo fuerte de tu amigo Pedro. Por la copia y- p- 71 j t f JUCín CSpcínol y J eUtrai, Jegó a decirme que las teorías de Mussolini debían de servir de ejemplo a todos los países del mundo, y cuando yo le rebatí, fundándome en declaraciones que se atribuyen al propio. Mussolini, que el fascismo era una creación netamente italiana, absolutamente romana, que no podía imitarse ni exportarse, él me rebatió a su vez diciendome que el Duce, en octubre de 1929, en su Mensaje del noveno año, ponía los puntos sobre las íes y escribía: La frase de que el fascismo no es mercadería de exportación, no me pertenece ni la admito. Es demasiado trivial. Me la han atribuido injustamente, y la adoptaron esos lectores de periódicos que para entender cualquier cosa necesitan expresiones de práctica mercantil, Yo afirmo por el contrario que el fascismo, como doctrina, como idea y como realización es universal. Italiano en sus institiiciones particulares, es universal en el espíritu. Así llevamos una semana, y esta es toda mi guerra; una guerra de palabras con mi nuevo amigo el piamontés, que me es muy