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ZPJSTOLA 7 70 BÉLICO VISIONES DE LA GUERRA ITALO ABISINIA LEGÓ por fin a Massaua el general Badoglio; le recibimos a bombo y platillos, casi como a Rádmnés en el segundo acto de Aida, porque nuestra regocijada esperanza le anticipó vencedor y ahora, mientras él se fué no se donde, probablemente hacia su cuartel general, en alas de un ligero velívolo, nos hemos marchado- -aquí sí viene de perlas el verbo marchar- siguiendo a un cuerpo de ejército que partió para la altiplanicie abisinia, quien esto escribe, el yanqui y el piamontés. Otra vez se me ha perdido la francesita de mis sueños locos y de mis deseos incolmados, que a otro rumbo, yo no se cual, ha enderezado la casi ingrávi da gracia de sus piececitos, que, recordando los de Venus y de Diana Cazadora, parecen, sin embargo, alados como los de Mercurio. Supongo, querido Juan, que no se te ha olvidado quién es el piamontés, del cual te he hablado en mis cartas anteriores. Como todas mis epístolas pretenden llevarte noticias de la guerra, a cada nueva que te escribo procuro recordar mi carta anterior, para que entre todas ellas haya una unidad temática que sea como el leu motiv de toda mi correspondencia. Caigo en la cuenta, mi buen amigo, de que es un verdadero contrasentido éste de que queriendo ser uno y coherente en todas mis cartas sea, por el contrario, tan incoherente, desordenado, deslabazado y divagatorio en cada una de ellas, que no sé como las empiezo ni como las acabo, y voy de un asunto a otro, sin enlaces lógicos y sin terminar ningún tema, y de todo hablo según me acude a la mente, en tan confusa precipitación, que me dejo los cabos sin atar, y nada hay más deshilachado y descompuesto que mi estilo. Resígnate, que no es el método mi virtud, ni mi arte la literatura, y vamos a ver por donde se me ocurre ahora seguir esta misiva. Salimos de Massaua, siguiendo a la tropa, muy de mañana, el yanqui, caballero en un camello, más valiera decir camellero, y a pie y andando el piamontés y yo, que renunciamos a la incomodidad de las gibas, 3 nos sorprendió la noche en pleno campo africano. No era, desde luego, aquella noche la primera que he pasado a la intemperie desde que estoy aquí; pero como habíamos permanecido casi una semana en el puerto de Massaua, italiano, europeo y civilizado, aquella noche en el campo volvió a adquirir visos de novedad. Una vasta llanura bermeja, escuálida, abrasada, desde la cual avizoramos, hacia la derecha, las colinas de Dogali y el valle hondo sembrado de tumbas abisinias, y emergiendo a mayor altura, la cumbre donde el general De Cristoforis defendió heroicamente, hace cuarenta años, el L último baluarte, cuando la gran derrota italiana, que sólo estos días ha tenido su venganza y desquite. Numerosas hogueras interrumpían el azul sereno de lá nocbe estrellada, y los cantos de los soldados procuraban cubrir con voces humanas los aullidos de las hienas y los gritos largos, encrespados, en trémolo, como risas sardónicas, de los chacales. Mal dormir sobre la tierra dura, y otra vez la marcha al amanecer. A la noche siguiente el poblado de Sabarguma, y vuelta a andar, y a la otra noche Asmara, capital de Eritrea, y al día siguiente, la loma de Decameré, donde al fin acampamos y plantamos nuestras tiendas. Llegamos a Decameré al crepúsculo vespertino, cuando subía de los hondos valles una niebla densa, viscosa y fría, que nos mojaba como una lluvia. No era ésta su primera aparición y se me antoja que la niebla va a ser por mucho tiempo nuestra compañera inseparable en las noches africanas: todas las tardes, puntualmente, inexorablemente, hacia la hora sexta, mientras el sol que nos hirió con sus lanzas furiosas durante toda la jornada empieza a desaparecer tras la lejana crestería, surge desde el valle la niebla en grandes masas blascuzcas y trepa por los flancos de las montañas y parece tragarse el paisaje; al calor tórrido del día se sucede de repente un frío intenso y húmedo que nos cala hasta los huesos. Mi amo el yanqui ha enmudecido y ya no dice ni siquiera sus all right; yo charlo y discuto continuamente con el piamontés, que, como ha recibido periódicos extranjeros en Massaua, en los que se habla de las sanciones, está furioso contra Inglaterra. Para el buen piamontés, para su exaltado patriotismo, todo el mundo está envidioso de su Italia, que siendo maestra de civilizaciones y la de más antigua sabiduría de todas las naciones de Europa, apai ece, según él, siempre joven y renovada. Le echa la culpa de todo a Inglaterra, y trina y truena, con sus inevitables, per Dio, contra la pérfida Albión. -Inglaterra- -me dice- -ha considerado siempre a Abisinia como una colonia suya; estableció el sistema Lago Tsana- Nilo Azul, base necesaria e indispensalile para su dominio en Egipto y en Sudán; por eso desde 1902 celebró con Menelik un convenio por el cual Etiopía comprometíase a no emprender ni dejar que se llevara a cabo ninguna obra en el Nilo Azul, en el Lago de Tsana, ni en Sobat, sino de acuerdo con el Gobierno de S. M. Británica, y les ofreció construir, es decir, ayudarlos en la construcción, un ferrocarril que al través de los territorios etiópicos uniese el Sudán a Uganda. Hasta aquí, muy bien. Italia estaba de