Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
M D O A C UANDO el Dr. Isidro Sánchez Covísa, maestro en la especialidad urológica, luego de minuciosos reconocimientos, que han hecho perdurable el mío por muchas causas, concretó su diagnóstico diciendo que era absolutamente indispensable, si quería seguir perteneciendo al censo de los vivos, el total desahucio de un riñon- -el derecho, conforme se entra en la región renal- la verdad, sentí frío por la espalda, y me latió el corasón, como dice el personaje de La pasionaria- La sentencia era firme, y oreve el plazo para ejecutarla. Desprenderse de un riñon que tan buenos servicios me había prestado me era doloroso. Envidiaba por muchos conceptos a los que tienen el riñon bien cubierto, pero, por otra parte, la próxima operación me daba cierta categoría para intervenir entre aquellos amigos que en nuestra tertulia del café cambiaban impresiones sobre sus achaques y dolencias. Todos tenían aigo; yo, como dice la gente, vendía salud. Mi situación era, pues, muy desairada; sin tema patolóp- ico alguno para terciar en las conversaciones. Sólo pude alegar que, hacía algún tiempo, el ilustre Marañón, como resultado de una consulta, me dijo que yo era prediabético, lo que me gustó y hasta me pareció bonito para ponerlo debajo de mi nombre en las tarjetas de visita, pero los de mi tertulia no le dieron importancia p- mi, y linbo quien repuso que para presumir de diabético se necesitaba dar en los análisis de veinticinco gramos de glucosa en adelante. Así que cuando llegué al café y les di la gran noticia de que iba a operarme del riñon, alguien dijo; -i Eso ya es otra cosa! ¡Siéntese aquí, en el centro, en el puesto de honor! Al objeto de Vencer en mí todo temor, como sujeto operable, intenté practicar ese método de autosugestión recomendado por uti médico francés, que consiste en decirse a sí mismo todas las mañanas al levantarse: Yo no tengo nada, yo no tengo nada, yo no tengo nada y así, treinta o cuarenta veces, hasta que uno se duerme otra vez con esta letana. Claro es que lo moral ejerce notable influencia sobre lo físico, pero ¡váyanle ustedes con este procedimiento al que le acaban de abrir la cabeza de un garrotazo o le atropello un auto, y a ver si diciendo muchas veces yo no tengo nada se siente curado de sus lesiones! Más consuelo hallé en los amigos, sabedores de la próxima liquidación de mi riñon, por derribo, cuando me decían: ¡Bah, no te preocupes! Se puede vivir muy bien sin un riñon. Y me citaban, para su demostrativa evidencia, los nombres de muchas personas conocidas, que vivían muy ricamente con un solo filtro renal. Me enteré, y sentí cierto alivio en mis preocupadas ideas, al saber que a medio Madrid le faltaba un riñon, cuando yo creía, como acaece siempre que advertimos en nosotros cualquier grave trastorno orgánico, que mi caco era poco mcnu que excepcional y d más diíicii IP resolver operatoriamente. Lo cierto es que al pasar cualquier tran-