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INCIDENTES Y EPISODIOS DE UNA ARDUA BATALLA NTRE las manifestaciones cívicas que, recorriendo las calles, pretenden por modo evidente y coactivo imponer al pueblo y al Gobierno la necesidad de atender un problema angustiante, acaso ninguna tan simpática y tan grata a la vista como ésta que, en algunos días del mes de septiembre, llenó un momento de luz, de animación y de gracia, las calles de la Habana. Parecía que, multiplicándose en el espacio y en el tiempo, la- morena Soledad de la canción aromaba unos instantes la palpitación de la urbe y ponía en ella, con acicate de deseo, imperativo de curiosidad. Del grupo manifestante destacaba su gracia impia y coqueta un florilegio de bellas mujeres sonrientes y atractivas. No escandalizaban, no daban al aire cálido voces descompuestas ni airados apostrofes. Esa cosa densa y terrible que es el orden público no sufría, a causa de ellas, alteración considerable ni alarmante. Rodeadas de caballeros correctos, que las acompañaban en la manifestación, aquellas lindas mujeres entregaban a los transeúntes que se ponían a tiro- -y, naturalmente, se ponían todos- -unos prospectos y proclamas, y correspondiendo a la curiosidad piropeante de algunos ciudadanos, explicaban el motivo. t la causa, la necesidad de aquella actitud por ellas y sus compañeros adoptada. Se trataba, en suma, de las actrices y actores del teatro Martí. Ellos y sus compañeros, los demás artistas teatrales, habían decidido llevar su pleito a la calle para que la opinión pública, permeable y ávida como una esponja, se empapase de la razón evidente que los asistía. El público acogía su gesto y su paso por las calles con simpatía sincera. Aplaudía en muchas ocasiones, les acompañaba un trecho y hasta lanzaba algunos gritos tan entusiastas como inofensivos. Esta manifestación de los artistas de teatro recorrió los barrios céntricos y los núcleos populares de la ciudad, llevando todos ellos la exposición de una necesidad alarmante y la posibilidad de su solución satisfactoria, i Cuál era, en definitiva, la cuestión que, de modo tan gentil y bizarro, llevaban las actrices y los actores al aire de la calle? ¿Cuáles eran sus aspiraciones de tan seria manera proclamadas a- os cuatro vientos? No eran tan sólo egoístas y personales; había en ellas una apetencia más amplia, directamente enlaza-