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Relieve en yeso del sordoinndo, de once años, Santiago Briso Cueto, alumno de In ageii %l a easa- escuela del sordomudo. al cazador para matarlo, y como lo impidiese e! compañero, cambió la exaltación por el deliquio y se dedicó a soñar, en candores y blancuras ideales... en una tierra en donde hubiese hombres perfectos y palomas indestructibles... Te perjudicas con eso- -dijo el otro- Ni creas que todo ser es alma sólo, ni creas que el ser mortal se reduce a visceras sólo... No desconfíes tanto de los hombres, aun cuando se entretengan- ¡peregrino! -en dispararles plomo a las palomas, ni confíes en los hombres de tal modo, que creas porque sí, por mero sueño, imaginativamente- -no es posible si no creerlo en firme- que los hombres con el tiempo llegarán a ser puros y perfectos y la existencia impecable... No pienses tanto, amigo. O piensa más. Tus pensamientos hoy no son doctrinas; no están eslabonados con rigor; son gritos de tu dolor, pero no coherencias de la mente. Tu dolor es noble y justo; pero no tiene razón al volverse contra ideas y doctrinas que tú atacas al sentirte dolorido. Unas veces te ensañas en lo feo y otras en lo ideal... Exceso en ambos... Pierden vida los excesos, uno y otro, por querer ser tendenciosos; por ser reaccionarios extremos de una verdad que sólo es la verdad cuando no oscila ni hacia abajo ni hacia arriba, sino que se queda inmóvil, compensada, horizontal, en el fiel del equilibrio. No seas doctrinario cuando pintes; deja a tu ser de artista que opere sin pensar: que lo feo y lo bello de la vida se queden tal cual son: mezcla entrañable, mezcla indivisible de bueno y malo, excelso y deleznable; culpa de tal y de cual y culpa de ninguno al mismo tiempo. Evita el drama si quieres pintar... Pero no quiera. s, pintando, señalar ni culpables, ni remedios. La molia, pintor y debutante. En el Centro de la Construcción ha expuesto, por primera vez en Madrid, un muchacho que comienza su carrera. Pertenece al movimiento superrealista, pero tiene la extraordinaria y buena condición de no entender por superrealismo lo que suele entenderse con frecuencia: un amasijo de alusiones turbias, repulsivas y sucias casi siempre. Lamolla siente y piensa por su cuenta en la mayor parte de los casos; aunque algunas veces los objetos abandonados en el paisaje obligados en esta clase de arte, pertenezcan al atreszo convencional y poco menos que ritual en la tendencia, ni ocurre siempre, ni son todos, ni están empleados con raai gusto o con afán de alardear, como es frecuente. A Lamolla le interesa más la poesía de la plástica que la inspección de alcantarillas como diría Giménez Caballero. Hay óleos que son deliciosos; dibujos que denotan un certerísimo instinto de lo que vale la armonía escueta y clara de una línea y una mancha, y dos dibujos de niño, en donde el autor acierta sin superrealismo, lo mismo que acierta superrealizando. Y es que- -por supuesto- -todo es uno... Manuel Abril.