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causa de su desar trosa situación econc nnica. que el erario público remedió como pudo. De ahí que sonase la balandron. ada de poeta- líiuello que dijo liacia el final: ¿Para qué tiíiiero yo gloria y riquezas? Xr me habléis ae caudal he ño con cálcuio? Números no íneíáis entre znís letras! Yo le i n e 7) dré, y vendí a Don Juan Tenorio, I or no perder el tiempo en echur cuentas. Precisamente, no ce. só Zorrilla de suspirar durante sus últimos veinte años por la derogación de unos preceptos legales qne ie impidieron durante toda su vida percibir ni una sola peseta de los muchos miles de duros que constantemente dieron y siguen dando las tradicionales representaciones de Don Juan Tenorio, que por costinnbre de origen desconocido tietien lugar anualmente alrededor del día de Todos los Santos. Comentando esta costunibre, decía D. Jacinto Benaventc (iue. cuando se escribiese! a historia de la tontería de la Humanidad, uno de sus capítulos estaría sin duda dedicado a explicar el porqué de esa coincidencia, que no puede justificarse por una decoración de cementerio. Con Don Juan Tenorio la tomó e! marqués de Valmar contestando al discurso de Zorrilla, y así cotno éste apenas si habló más que de él mismo, D. Leopoldo Augusto de Cueto, marqués de Valmar, casi no habió de Zorrilla: en cambio, presentó un trabajo interesantísimo acerca de ios precedentes literarios de D. Juan Tenorio. Tan extenso fué y tanto calor hacía en el Paraninfo, que el ya anciano marqués cayo desvanecido sobre el asiento no bien leyó las últimas palabras de su meriíísima oración. Produjo este incidente el natural revuelo, aunque por fortuna la indisposición del erudito diplomático careció de importancia, 3 en su coche se lo llevó el duque de Rivas. Terminó el acto con unas bellas palabras de Alfonso X I I haciendo resaltar la simpática condición de D. José Zorrilla, que no había figurado jamás en ningún partido político, y dos horas después de comenzar la solemne sesión se acalló todo- lo único que de sí rastro no deja fiesta triste en la que Zorrillís. parecía asistir a sus propios funerales, con la particularidad de que a su cargo corrió el responso. Cuatro años más tarde, la apoteosis del poeta culminó en la espectacular coronación de Granada; otros cuatro años después, e! 2 ¡de enero de 1893, España perdió para siempre, si no al mejor de sus poetas, si a uno de los más populares, autor de los versos más bellamente sonoros que se han escrito en castellano, arcaizante enamorado de un pasado convencional y autor también, son palabras del propio Zorrilla, del cúmulo de desatinos y absurdos que hace niás de treinta años bauticé con el título de drama religioso fantástico, Don Juan Tenorio, que es si: t discu. sión el éxito de los éxitos teatrales y al que para terminar le colgaremos este cartel del admirado Fernández Flórez: El día en que anunciándose Don Jnajt Tenorio estén vacíos los teatros, España habrá llegado a su completa civilización, pero no será España. Yicente Vega. r KA y