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y, lo que es más grave tratándose de Zorrilla, algunos versos mal medidos. Su cólera y desprecio al juzgar a los poetas jóvenes cuando él es viejo, achaque propio de la edad, son terribles: Los versos de esta década han sufrido tal envilecimiento y decadencia, que al caer de la cumbre del Parnaso se han Ido a encanallar á la taberna, y han procreado en el café flamenco una vil jwesía callejera; todo está en verso y a desde el anuncio del sermón, al cartel del sacamuelas. La sociedad en que vive sus últimos le arranca también juicios severísimos; sura costumbres y vicios nacionales, dando cuántas veces los cantó en sus sos, y se pregunta: años cenolviver- iQué pienso de esta edad? No es ya misterio: Si de ella soy, ipor qué no influyo en ella? La queja es vana. Zorrilla no pudo influir en una edad de la que no se ocupó para nada. Vivió en un siglo interesantísimo, en ese siglo xix que es la rectificación de todos los valores antiguos y tradicionales, siglo pictórico de turbulencias, renovaciones y audacias, y no se enteró de lo que sucedía en torno suyo, encantado con sus román- ticas visiones caballerescas, ajeno a la épo, ca en que vivía, con los ojos fijos en un pasado de leyenda. Otra de las hieles que fermentan en el discurso del poeta nace de ver cómo el público, que entonces había dejado de leer sus versos, leía los de otros que no eran, a su juicio, sino reminiscencias de los suj Os: Verdad es que por su mal ¡y es el castigo que d a Dios a la altiiva inteligencia! que va un turbión de audaces rapsodistas detrás del genio que descubre y crea; y al viciar y enlodar sus creaciones, va haciendo, al convertirlas en escuela, de la antorcha del genio lamparillas, del albo sol del porvenir linternas. Por eso hace años que por mí y mis versos no puedo domiinar mi indiferencia: y ya si fe, mi inspiración ahogada mató su luz y nie deúó en tinieblas. No es, por lo tanto, extraño que la sociedad aquella le pareciese en el fondo rc bajada y despreciable. Quejas más amargas y justificadas son estas otras, donde tal vez vibra con mayor intensidad la nota del dolor, el sentimiento del triunfador abandonado; No m habléis de I ofrecerlas hoy, ni patrocinador ni i de su poco valor mis obras: reunidas no halló su venta compradores: tío íiay mejor prueba! blancos, estaban cuidadosamente peinados. Con voz clara, potente y armoniosa, que llenaba el recinto, dio lectura a su discurso, escuchado en un rigurosísimo silencio y coronado al final con una atronadora salva de aplausos. Hoy, repasando estos versos con serenidad, hallamos no pocos conceptos prosaicos Lo de su poco valor es un rasgo de modestia, naturalmente, que nos compensa de aquel verso del mismo discurso en donde el autor se llama semilla de laurel ahora, que las obras de Zorrilla inspiraban entonces un escaso interés, era muy cierto y