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puerta sin violentar la cerradura, que se hallaba intacta. ¡A h! ¿Pero y si hubiera otra llave igual? Esa llave la tendríamos uno de los dos, señor. Durante mucho tiempo mis meditaciones se vieron turbadas por la preocupación más honda. -Padece usted algo de taquicardia- me dijo alarmado el doctor. Una tarde entró en mi despacho Armando. Perdone el señor. Yo quiero mucho al señor. Son ya treinta años los que llevo a su servicio. El señor no debe preocuparse más. Está enfermando. Fui yo, señor, quien entré en el despacho y entretuve largas horas leyendo sus libros. Ya conoce el señor mi afán de saber, de instruirme...