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0i an do ENTA la absoluta sejíuridad de haber lejado echada la llave de mi despacho. Me hubiese cabido la duda, de tratarse de la puerta del g- abinete o de la de! comedor. Pero era imposible que mi despacho permaneciese abierto durante mi ausencia. Tenía yo demasiado temor a los afanes de lectura de Armando, mi fiel criado. Y antes de emprender un lararo viyie por ei extranjero, cuidé escrui) uk samente de echar las dos vueltas le llave al despacho, Y ia llave, en su lla -ero, viajó conmig- o sin abandonar el bolsillo derecho de mi pantalón. Me crispa los nervios ver alterado el orden le los libros en la biblioteca. La anarquía de ni! s costumbres no ha traspasado jamás el unsbrai de ¡ni ofabinete de estudio, en el t ue todo está sujeto a ri íurosa tiíscipüna científica. La mesa aquí, de tal suerte que la mano no proyecte sombras sobre ¡a cuartilla. Sin levantarme de! sillón, están ai alcance de mi líiano los libros que más frecuentemente consulto. Junto a un diván, la mesita portátil con su atril matasueg- ras para leer acostado. Y e! teléfono, encerrado en el departamento de uno de los muebles biblioteca. Esto del teléfono e- xtraña a mis amig- os. Sin embargo, la explicación es liten sencilla. Cuando dedico la tarde a pensar, no recibo visitas, ii recados telefónicos. Cierro el departamento y no oigo las llamadas del aparato. E! señor- -dice mi buen Armando a los que desean verme- no puede recibirle esta tarde. El señor está pensando... i Ah! Sí. Cuando dedico mis horas a nensar no estov para tiadie. Tumbado en el diván, jíienso y fumo. Fumo siti cesar, como el célebre GoI er Belling: El humo enrarece la atmósfera y llegra a hacer invisibles los nombres de mí. s buenos amigj- os Heinc, l? Le Sage, Goethe, Stendhal... y tantos otros que, sumisos a mi voluntad, permanecen alineados en las estanterías en espera de mis ojeadas. -Perdone usted, pero el señor está pensando. -repite mi criado. De vez en cuando, anoto el fruto de mis meditaciones. Así, por ejemplo: No cabe duda. Lamartine es como Víctor Hti o y Viffnj, a esencia misma del romanticismo francés. Como Gautier, da siempre la nota soñadora y tierna. T Con frecuencia me irrita que después de tanta meditación, otros, antes iiie yo, hayan anotado las luismas observaciones. Entonces me lanzo por el camino de la excentricidad, que es manera cómoda le decir a ¡s sorprendente. Así, jwr ejemplo; Después de leer Rafael y Graciclla, puerle afirmarse que Lamartine tenía una inspiración seca, pesimista y atea O h! Esto sí lue no lo ha escrito nadie antes qae yo. Pero volvamos al principio. Estaba completamente seguro de que nadie podía haber entrado en mi despacho durante mi ausencia para examinar mis notas, barajar mis libros o simplemente para trasladar de sitio mf caja de cisíarriilos. Quería encontr; ir! ú todo tal y on o lo dejaba. Y. sin embargo... lo encontraba ÍÍKIO en cnpantoso desorden. La Historia de Tomás Iones, el Expósito, entre el Poema del Cid y Los romanos, de Montesquieu. Los cuentos del gran Clarín junto a tos Poemas en prosa, de Baudelaire. Y los Diálogos de Vir es, al lado del Jardín umbrío, de VallcIncián. Ante tamaña profar acióii, no salía de mi asombro. ¿Qué manos, durante mi viaie, habían tecleado sobre los lomos de mis libros, cambiándolos estúpidamente de librería o estante? Para convencerme aún tnejor, recurrí a las fichas de mi pequeño re. sristro. Exactamente. Aquí los clásicos españoles. Allá... Llamé a mi criado. ¿Quién ha entrado en mi despacho durante estos meses, Armando? -Nadie, seiíor. Absolutamente nadie. -Tú sabes que con los ojos vendados cojo el libro que necesito. -Verdad, señor. -Pues ahora, ui con los ojos desorbitados de puro abiertos acierto a encontrar un solo tomo. Tú sólo has quedado en la casa, y, por lo tanto, tienes que saber forzosamente quién se ha atrevido a entrar actuí. -Perdone el señor. El señor dejó cerrada con dos vueltas de llave la puerta de su despacho antes de marchar al extranjero. En efecto Tienes razón. Armando. Y mi criado y yo ef- ectuamos largas y complicadas experiencias. Comprobamos que, echada la llave, no había modo de abrir la