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L j j LGUIEN; ha dicho que los pueblos fe- que le imponen y el bergantín que va donlices carecen de historia. E s cierto. de quieren los vientos. L a verdad está enLa observación, por lo exacta, es ex- tre las dos afirmaciones; unas veces gotensiva a ios seres. Los elementos básicos bernamos nuestra vida y otras seguimos el de la ventura humana son Ja quietud, el itinerario que nos trazan los acontecimienequilibrio y el orden, que al moderar nues- tos. Pero es evidente que cuanto menos nos tras curiosidades y nuestras ambiciones asomemos al foco de pasiones y de inteaminoran o suprimen las causas de los con- reses que es una sociedad, más probabilidaflictos que pueden poner en peligro nuestra paz. De un lado, el bienestar, sin sobresaltos, que nos ofrece la modesta penumbra del hofíar; del otro, el mundo apasionante, con sus tentaciones, sus éxitos, sus alegrías frenéticas y sus hondos desengaños. Pero ¿depende de nosotros la opción entre las dos vías? ¿Podemos elegir libremente nuestro destino? E n esa interrogación está el drama que pone frente a frente dos principios: el fatalismo de los apáticos y los perezosos y la enerva voluntaria de los altivos y los audaces que se resisten a obedecer pasiVfimeníe al azar. E s la rivalidad entre ej buque sumiso al rumbo í A lA EiMPSmATRJEZ JOSEFINA. (DIBUJO OE B A T Í QiUB S E COXSBKVA BN EL MOSEO D E YEBSAUL. ES) iim. -Á; des nos asisten de ser felices. La soledad y el silencio son las primeras estaciones del bienestar que prepara el espíritu a las confidencias de lo divino. Pero ¿y los temperamentos que adoran la vida con todas sus embriagueces y sus riesgos? Si los retraídos, los modestos y los discretos son los artífices de su propia dicha, el privilegio de animar la historia pertenece a los vehemoütes, a los apasionados y a los ambiciosos, que no se resignan a ¡ue su vida se refleje en d exiguo