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PEROi ACASO TODO BSTO SEA FUGAZ, PORQÜl? UN DI A KEmSl TBÍí IXUTltíES LAS OOMOD- IDADES PAHA LOS VIAJEROS DEL AUTOMOVII, El, M A E S ttJJK LOS VIAJES NO SE HAOAK SINO EN 5 PPELJK desde la pompa entonada y señorial de los coches de caballos, las damas con mitones y manteletas sonreían irónicas al paso de los primeros automóviles, y los cocheros enchisterados, aquellos cocheros de patillas a lo Martínez de la Rosa, batían la cabeza a un lado y a otro, con un sarcástico desprecio, desde la altura de sus pescantes, para los conductores de automóviles, que no iban enlevitados ni llevaban sombreros de copa, sino que se tocaban con unas jforriUas d i hule, que ellos llamaban de gasistas Y, sin embargo, venía el automóvil a disputar al tren sus velocidades. Y el tren corría: más. Y se hacía más ligero y más veloz el auto. Y el tren gritaba, triunfador: 7o a la hora! Y el automóvil, como en una puja empeñada, pregonaba, victorioso: Y el tren le rep icaba: ¡90! Y aceleraba el MÍO su contador y llegaba la saeta a cantar ¡100! Y el ferrocarril reno- vaba sus locomotoras, apresuraba sus desenroUalKi sus proyectos de electrificación. Y la ajíuja del automóvil- -flecha insaciable- -ségTiíá ascendiendo en su vértigo: ¡120! Í 150! ¡180. Y sigue en ésta hora la disputa, mientras van por el aire, con sonrisa de gloi: ia, los grandes zcppclines que inician el futuro viajero, achicando el esfuerzo acezante de trenes y automóviles, que acaso en un tiempo muy próximo tengan el mismo anacronismo que tendrían hoy aquella. s sillas de posta que rodaban por los caminos españoles en el tránsito del x v i i i al XIX o aqítellas empolvadas diligencias que parecían audazmente veloces en un tiempo en que la vida caminaba con parsimoniosa lentitud v a nadie le aquejaba este gran infortunio de la prisa que hace tan triste y tan híbrida la hora actual. Temando Castán Palomar.