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LA s m A DB POáTA, ANTE CNA VENTA EÍT) UV QCK SE HACIA I J RENOVACIÓN 1 EL C A N A D HUBO UN TIEMPO EN QUE ERA FAGIL VIAJAR GRATIS DE LA SILLA DE POSTA AL ZEPPELIN Sillas de posta. N la lucha actual por un destino, por una beca o simptemente por un e a t u i t o para el ferrocarril, quizá parezca inverosímil que hubiera un tiempo en el que se pudiera fácilmente viajar gratis. Gratis y con el reconocimiento de qiiien, por tener silla de pOsta. annnciaba generosamente asientos én ella, por no ir solo a lo largo de los caminos, sobresaltados con frecuencia por los malhechores y siempre más alongados y más hoscos sin persona con quien conversar en tantos días de ruta. El invitado no adquiría, naturalmente, la probabilidad de un viaje de recreo, sino la ocasión del recorrido que precisaba, pues no era tiempo aquél en que se viajaba por placer, sino en que sé ¿iceptaba, como una cruenta expiación, la dura prueba de recorrer leguas y l u a s en una silla de posta, incómoda, traqueteante, crujiente de hierros E envuelta en el polvo de unos caminos sucios y pedregosos, de profundos relejes imborrables. Y no sólo feí molestia del tabalear del vehículo. También, como reposo a los barquinazos, en los altos nocturnos, la de las destartaladas ventas, sórdidas, ruidosas de voces de trajinantes, de pendencias de buhoneros, de copliUas que, tenían unas veces acentos de la Mancha, y otras de Andalucía, y otras de Aragón. Pero al viajero le aseguraban en cada una de estas ventas del camino que eran plácido refugio y feliz alivio a la fatiga de la marcha. Y el viajero aceptaba como buenas estas razones de la ventera y con la misma resignación con que reanudálm, al clarear el día, el viaje qtie se le antojaba sin fin. Porque- -escribió Larra- no se concebía cómo podía un hombre apartarse de un punto en un solo día más de seis a siete leguas