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A llegan; había puesto el ahnendro la sonrosada nube de sus florecHlas en el desolado conjunto de las ramas desnudas; el cielo mostraba su limpio azul, vibirajlt! bajo el imperio de un sol ecuániafie; la tierra sonreía alborozada con las) rimeras margaritas... Pero todavía e faltaba algo a la ciudad para sentirse en primavera: el regreso fe. Ias golondrinas. Ya están aquí; llagan veloces, cortando el espacio con el negro trazo de sus vertiginosos giros, rayándolo con su agtído piar. Vuelan y vuelan y se ciernen incansables alrededor del mismo espacio y encima del mismo sitio, describiendo un sinfín de curvas graciosas y variadas, pero siti alejarse. ¿Vuelan de esta suerte para seguir su presa, el mosquito que dan za y flota en el aire, o bien para ejercitar su poder, su ala infatigable, sin alejarse del nido? Lo ignoro y no quiero preguntárselo á los ornitólogos; me seduce demasiado ese rau- Í