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ro carecerán del atractivo que presta la noy- edad, ese atractivo qtie tiene 1 fruto desconocido. Todavía no he concluido mi discurso, porque predigo el éxito de cortes muy on 2; nals, pleguerías y lazos de muy difícil ejecución. Sobre un cuerpo medianamente escotado, se abren dos ojales en ambos lados, por los que pasa una banda que se anuda debajo de la barba, y el éxito es seguro. Imagino que esta base inspirará a ustedes mil invencioíies, puesto que ahora más que nunca deben usíwles demostrar su personalidad. Hay muchos cuerpos bastante altos por delante y más bajos por detrás; tienen un encanto que no desconozco; pero sin embargo, son de ayer y no de hoy. I,o s brazos en esta ola de pudor conservan su independencia y no admiten más qix la manguita corta, presentándose casi desnudos. Las manguitas se hacen en forma de farol o de pleguería pesada, siempre consintiendo que el brazo se luzca. En cambio, piernas y píe corren otra suerte. No se trata de colas prolongacks; pero la falda roza el suelo en redondo, y a veces parece que se complace en descansar sobre él tapiz, extendiéndose algo más por la espalda, sin llegar a ser cola determinada. Al lado de esta forma se ve la cola hecha con larga tira de tela, sudta desde la cintura resulta sumamente gracioisa cuando para verse libres de sus molestias se la echa so- bre el brazo, cuando llega el momento de bailar, y como ios restaiirants cuentan entre los centros de reunión más agradables para los bailarines, la mencionada cola es la preferida y se ve en casi todas las to- ilettes. Tam bién recuerdo varios modeios de falda amplia que se detiene ai llegar sobre el pie, y confieso que me enamora el aire que dan a quienes se las ponen. Entre ese ir y venir del mundo elegante en el cual están mis ojos fijos, busco en vano una línea dé la qtíe no haya haMado, y no la encuentro. Observo que se admiten todos los colores, pero domina el blanco, animado por grupos de flores artificiales rodeando el cuerpo. Mucho n ro, igualmente animado por notas de tonos a l a r e s se borda con perlas de mil colores, o bruscamente se realzan con una faja de tono vivo y brillante. Algunos abanicos de plumas rígidas, otros de cristal... sí, han leído ustedes bien, de cristal; si algún impertinente les dirigiese miradas incendiarias, no utilicen eí abanico para corregir ai atrevido; aunque traten ustedes de ocultar su rostro, la trans. parencia del abanico dejaría, ver que estaba rojo como tma amapola. Mejor será adoptar un aire indiferente, un aire de no ver ni entender y quedará entre las redes el mismo que las haya tendido. T. C. Mi: a HÍl. i BWf