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burg- la consorte del ir fortunado cnfer- rao Carlos ií- -siente la humillación momentánea de ha rxír puesto su amor en el lacayo Ruy Blas. Pero sobre la vanidad lastimada de la Reina se aka e! sentimiento de la enamorada ai convencerse de que en el corazón del lacayo hay más caballerosidad y abnegación que en todos ios proceres que la rodean y oprimen en nombre del protocolo palatino. Víctor Hugo pretendió simbolizar a la nobleza española en D. Salustio de Bazán y al pueblo español en Ruy Blas. Y Víctor Hugo se equivocó al acumular ruindades en el representante de ia nobleza y a! convertir en insensato, sin reflexión ni discernimiento, al homfore en quien encarna el espíritu popular. Sólo un necio puede proponer a un demente que escriba y suscriba e! compromiso de servidumbre doméstica que lia de servir luego corno instrumento de venganza. E! veneno y e! puna! Se comprende que, la noche del estreno de Hernani, el público, sugestionado por el avasallador verbo poético de Víctor Hugo, se estremeciese de entusiasmo y enronqueciera en aclamaciones delirantes. La locura es contagiosa, y los espectadores sintieron el contagio de la demencia de los personajes que se agitaban en el escenario... Todos vesánicos... Pero su vesania aparecía revestida y magnificada con la pompa de taia inspiración que a veces rayaba en lo sublime, y así lo absurdo pudo pasar por heroico y lo arbitrario por razonable. Lo que no se comprende es que, pasada la alucinación de aquellas horas, examinada fríamente la obra, se insistiese en aplaudir como humano y como natural lo desatinado. Lo grande y lo verdadero, io único grande y verdadero de Hernani está compendiado en un momento intensamente dramático en el perdón, otorgado en la cripta de Aquisgrán- atite e! sepulcro de Carlomagno- -por Carlos I, al ser proclamado Emperador de Alemania. Ese instante tiene, aliento shakespiriano. Todo lo demás, como en la mayoría de las obras teatrales de Hugo, es un encadenamiento o desencadenamiento de fatalidades según ia voluntad del dramaturgo que las conduce y las empuja y la. s mueve como piezas de ajetirez para llegar a un fin ya combinado y dispuesto. Son tempestades en las cuales se está viendo al tramoyista, imitar tableteos y rimbombancias. Sin el acero o la ponzoña, en manos de inconscientes o de orates, el autor no acertaría a resolver los conflictos por él planteados, y sin el acero o el tósigo esos conflictos se resolverían naturalmente por los cauces de la razón, de la cordura y del instinto de conservación.