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níiíwimam a? Figuras de su teatro romántico. C ENiAL. A des. pecho de sus detractores de iver, de hoy y de maíiana, el tca- tro de Víctor Hugo posee esa extraordinaria grandeza creadora capaz de engendrar ló admirable, lo que está por encima del talento y es atributo y privilegio del genio. La musa trágica y dramática de Hugo tiene, salvando categorías y distancias, parentesco con las sublimes inspiraciones de Esquilo y de Shakespeare. No llega a igualarse con la de estos colosos, pero se les aproxima. En la orografía teatral, Esquilo y Shakespeare son Himalayas sin superación posible, y Hugo es una cumbre, pero una cumbre europea. No alcanza la supremacía universal porque en su misión de dramaturgo se ha impuesto restricciones y obligaciones (jue le limitan la libertad de vuelo. Y así, mientras que por boca del Padre de la Tragedia- -tómese por ejemplo a Prometeo- -habla la Humanidad entera, glorificada y divinizada, y mientras que el Emperador de la Dramática es la voz de lo infinito y de lo eterno del alma humana, el Príncipe del romanticismo se encierra en el cumjjlimiento de la misión de crear un teatro, nacional por la historia, popular por la verdad y humano por la pasión Y en ese teatro, donde ciertamente hay rasgos y momentos de grandeza, falta la verdad; no sólo la verdad de lo verosímil, sino también M; 4 ÍIION D B L O R M B VISTA P O R J A N T E FOXTLQUIER KL DIBU-