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t v r 2 TÍf Mercellange, la amenaza de que k hize objeto con su hoz, el rencor exteriorizado en diferentes ocasiones y ante varias personas, su actitud frente al cadáver y, sobre todo, 1 hecho de haber sido visto armado de una escopeta a poca distancia de la finca, una o dos horas antes de la en que se cometió el asesinato, Señalada la vista del famoso proceso en lia ciudad de Lyori, acude a ella ün público tan numeroso que es necesario habilitar el local más amplio de la casa de la Justicia. Y aun asi, quedan fuera del edificio muchos centenares de personas. I as que han logrado acomodarse en la Sala donde el juicio se celebra, se sienten, sin epibargo, defraudadas apenas se inician los debates... Esperaban un espectáculo más fuerte, una mayor y más intensa anoción qué la que les produce aquel varioloso con facha de labrador rico, obstinado n negar cínicamente todo lo que puede constituir un cargo para éL Fué en vano que el Fiscal le recordara las violentas discusiones con D. Luis, que le hablara de sus amenazas... El procesado, sereno, con tranquilidad que admiraba a cuantos lo escuchaban, rebatía los cargos... Sí- -decía- yó disentí en algunos asantos con mi señor, pero sin llegar a las ¡violencias que el Fiscal supone. Jamás le unenacé, aunque se diga lo contrario; y, si bien es cierto que me echó de su casa, no por ello le guardé rencor. -i Entonces no es verdad que cuando vio el cadáver de D. Luis hizo usted un gesto revelador del odio que el des tenturado le inspiraba? -i Qué cosas, qué cosas! -murmura Santiago sonriendo- ¿Por qué había ele mirar rencoroso al que ya no era nada? El Fiscal ataca nuevamente con de nuedo, resuelto a obtener alguna concesión e hambre tan enigmático r- Bien; pues aunque no sintiera odio Iiacia su amo, aunque no tuviera con él cuestión alguna grave, no negará que el día en que fué muerto el Sr. de Marcellange, estuvo usted en las inmediaciones de la finca donde el crimen se cometió. Santiago niega igualmente. -Estaba- -dice- -convaleciente de las viruelas y no me hallaba en disposición de emprender semejante caminata. Aquel día salí un rato a visitar a unos vecinos y me volví a mi casa, de donde no me ausenté más... ¿No Ife -aba usted una blusa clara y un pantalón verdoso? -No, señor; el pantalón era azul, como la blusa. ¿Tampoco es verdad que iba armado de una escopeta cuando salió al campo? Si ya he dicSio que no me tnoví. de mi casa en toda la tarde... ¿Entonces usted no es el autor de la muerte de D. Luis de Marcellange? -termina el representante de la ley. No, señor; ni sospecho tampoco quién pueda serlo. La prucl a de testigos resulta interesante.