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í í í 1 í a aceptar el encargo siniestro de asesinar a don Luis de Marcellang- e? No era empresa ciertamente sencilla despejar esta incógnita, porque a dio se oponía el retraimiento, la cobardía de los llamados a prestar auxilio a la justicia, la ignorancia, el cinismo y la mala fe de los que por codicia, rencor u otra baja pasión callaban Ib que hubiera podido ser luz esplendorosa en el sumario... El jiiez no se arredró y, decidido a vén- I s obstáculos, prosiguió, tenaz, su i misión; -tíijo un día- -que el camino es duro, I 5o; que marcho bordeando precipit 1 l o s que me puedo despeñar, pero i en el triunfo y a él voy sereno y I después averiguaba, en efecto, que Mi I; Tarade oyó á don Luis algo que I r interesante y ordenó que compaI a su presencia. -confirmó la testigo- la víctima de este crimen temía ser asesinada, porque con frecuerícia- yo lo escuché de sus labios varias veces- -exponía ese temor y en ocasiones recomendaba que se vengara su muerte... Nosotros intentábamos tranquilí zarle, mas... en vano. i P e r o no citaba nombre alguno? ¿No indicaba quién pudiera agredirle, ni los motivos que al crimen le impulsaran. -N o se sabía odiado, pero jamás dijo por quién... I I