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del crimep LUIS DE riAI ELL. EL ECRETIO LA n U E R T R ESUELTA definitivamente su partida, don Luis aprovedhó aquella hermosa mañana de septiembre para despedirse de algunos amigos, vecinos de su granja, que, como él, llevaban varios años cultivando la tierra; iPero de veras está usted decidido? ¿N o le hará arrepentirse el tirón de los recuerdos? preguntaban los más viejos, dando apenas crédito a las palabras de su visitante... No; es cosa que he meditada mucho tiempo y nada ní nadie me hará rectificar. Es una determinación que me imponen cada día con mayor imperio las circunstancias de mi vida privada. Mañana, pues, firmaremos la escritura de arrendamiento por diez años e inmediatamente saldré de este país, acaso para no volver jamás. -Pues que Dios dé a usted mucha suerte y encuentre al lado de sus padres la felicidad que no bailó en su matrimonio- -le deseaban, compasivos, todos sus convecinos. ¡Pobre don Luis! Tan honrado, tan trabajado tan bondadoso, comentaban sus amigos, viéndolo marchar, pensativo, abrumado tal vez por el peso de aquella resor lución que le arra. ncaba de un golpe todas las esperanzas e ilusiones que, al establecerse años atrás en aquélla hermosa finca, se forjara... A mediodía cambió él tiempo. Sopló el viento del Norte, fuerte, furioso, un ventarrón ululante que arrancaba las hojas, desgajaba las ramas de los árboles y levantaba enormes espirales de tierra en los polvorientos caminos. Gran cantidad de nu- bes corriéronse desde el horizonte y la luz tornóse lívida al desaparecer el sol tras enormes vedijas. -Se le pone a la tarde mala cara- -comentó un campesino, con quien al entrar en el corral J e la granja se cruzó Luís de Marcellange. -Sí- -replicó éste- y parece que tendremos agua antes de que anochezca; pero a mí no ha de mojarme el aguacero, porque no pienso salir a la c a l l e Así fué. La masa de sombras que el ven- daval había arrastrado. Dios sabia desde dónde, abrióse con la luz de un relámpago, sonó formidable el tableteo de un trueno y comenzó a llover. A cosa de las ocho de la noche bajó don Luis a la cocina, donde le esperaban, como de costumbre, los criados, pues le gustaba departir con éstos un rato acerca de las cosas del campo. (Pasó la tormenta, muchachos- -comentó, a tiempo que se acomodaba en un sillón de cuero, que la solicitud afectuosa de la servidumbre reservaba a su amo cerca del hogar. Sí; ya pasó... dejando como recuerdo algunas ramas trondíadas y ese olor a tierra húmeda, que no permite dudar de que ha llovido... -Será por esto, acaso, por lo que hoy apetece más la lumbre- -dijo don Luis, arrellenándose en su asiento- Yo he pasado la tarde haciendo cuentas y recogiendo papeles, y a última hora se sentía casi frío... Verdad es que esas hatótaciones de arriba, salvo las que dan a la huerta, son tan