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1. A. RISA DE YUAsr HEE. S E E 4 -La antipática carta pte eché al correo pata que! a garra de aquetta fiera perdía fnerza y presión. Entonces, en un alarde de energía, prov ocada ti, a! llegar a Marsella... por la desesperación, consiguió apoyar la cabeza sobre la barandilla de abajo, librando, por fin, sus piernas de aquella terrible tenaza. ir Aproveclrando aquel instante de libertad, que quizá volvería a perder, se r r ó como pudo con la mano izquier i a un agujero que con ella alcanzaba, y haciendo un esfuerzo gigasitesco e- inAlómenlos después de a n d a r el Wallaroo en verosímil, asestó una doble y formidable patada... Port- Said, subió a bordo el cónsul inglés. La Oyóse un grito alw adó... y tni bulto pasó veloz- conferencia se desarroJló en la cámara del comente ante sus ojos, velados por! a an rustiat, ca- mandante. Haig calló intencionadamente la notiyendo pesadamente al mar. ¡El verdugo había fra- cia de que un hombre había caído al mar. Tomó nota de ello en el dossier de Sccitland Yard, pero casado? En medio de mortales angustias, dolorido y casi a Ixjrdo no dijo na palabra. El que díó la voz de siíi conocimiento, consiguió vencer el vértigo y alarma fué t n repostero, al encontrar por ía maganar ía cubierta, j- Nadie! Akfue! duelo a muerte ñana un camarote vacío. Se registró el barco, base celebró en n i e ¿o de un absoluto e increíble j o las órdenes- del contador, viniendo en concl silencio. lEI oficial de guardia no lial a visto ni síÓB de que d melancólico pasajero diino se había oído nada. Hjabían e s c i n d o bien sitio, y momento suicidado, arrojándose al mar durante la inoche... Y entonces, en la cámara del comandante, para d ataque. Vacilante, se apoyó contra un bote, tratatido de son Haig refería la verdad al capitán Peterson y recobrarse y ordenar sus ideas. Aquel criminal al cónsul inglést atentado contra su persona debía alterar ios pla- -A s u m a! a jtieía responsabilidad de to sucenes que acababa de formar... y complicaba las dido- -decía- -i Ustedes mismos pueden comprencosas de manera extraordinaria. Nadie sabría lo der Ja clase de gente con que tenemos qtje enque había ocurrido al asesino misterioso hasta que frentarnos. Primero, la sangrienta burla fíe Limefuese advertiela sa ausencia. Í Y jrara entonces, tos house; ahora, contra mí, este- ataque a muerte, del tiburones habrían dado cwnta del miserable que por milagro he salido sólo con una brecha cuerpoí en la cabeza y una m a r rota. El rmnor de un sedeño chai atrajo su atenciónHubo tsios momentos de estupefacción, duranEscuchó... Un pisar inconfundible... Un grito te los cuales el comandante del barco hurgábase a h i j a d o de terror... y sintió rodeados a sa cue- nerviosametife en sa espesa cabellera, mirando asombrado a Itewson Haig. llo los dulces brazos de Elena. El cónsul preguntó, por fin: -í ¡Bilh ¡Bílty querido! Dios mío! ¡Si estás cubierto de sangre! ¿Qué ha pasado, díme? 4 Qué dísea usted que haga, inspector? Mi opinión es que se detenga iamediatamente a las i Qué te ha ocurrido iElena... mi vida! Jío es nada... no tiene jf rsonas que tengan alguna relación con el aseimportancia. Pasó el peligro... y nadie... déix sa- sino desaparecido. -Bajo ¿qué pruebas? -preguntó Dawson Haig, ber to sucedido... ¿Ehtíendesr Ella le miraba fijamente, queriendo adivinar, con ademán contrariado- Yo le aseguro a usted mientras le asaltaba un secreto temor... Haig que, a no ser por un papelito, descubierto provitemblaba. El ritmo de su corazón acelerábase en dencialmente por miss Keamey, nada hay sospetal forma, que parecía ahogarle. ¡Todo se iba í choso en el doctor Oestler, en contra mía. Y ni por tierra... sus esperanzas... sus ilusiones de siquiera con esa hojita puede concretarse- nada. hacía un momento! ¡Aquelfo era superior a sus! Quiero decir que él podría justificarse de mil mafuerzas y a sus propósitos: nunca llegaría a triun- I aí; ra Aparenta magjistratmente no conocer a mLss Valerte Ednam ni a Aljr. Chow, ni mucho menos far! ¡Elena! N o pudo evitarlo: la oprimía contra sí tan es- al alemán Hartog. de la cubierta de atejo. Y todo íreeliamente, qué elta. se creyó a punto fe morir... lo que yo sé de estos tres individuos aunque tende felicidad. La besaba apasionadamente, hasta de- ga la certidumbre absrfnta de u intervención y de ía conveniencia de que no anden sueltos por jarla sin fuerzas, sin alieoto... el mundo nandídos semejantes, c r e e usted que- ¡Oh, amada mía! -murmuraba. justifica una detención? Le aseguro que no- -dijo ¡Tenía tan poco gue ofrecer a aíqtiéOa admira- con convencimiento. ble criatura que opnmían. sus brazos! ¡E r a tan- -Entonces: ¿qué se va a hacer? preguntó el poco para ella t Y al mismo tiempo, ¡tenía tantas cosas que decirle, que explicaríe... tantas... tan- cónsul- Se les podría arrestar aquí, por anos t a s! Li único que sus labios sabían pronunciar días... preventivameíite... -No, no. Nada que tenga carácter oficiaí- -ceeran estas palabras: ¡Elena... amor mío... te plicó Haíg Yo quisiera a r r e a r el que esos adoro! Enteaees, ocitítos bajo la sombra que el puen- dos- sujetos (Chow y K i r t o g) que desembarcan aquí, pudiera estar bajo nue- stra vigilancia; pete proyecta! murmuró Elena: -íBilly, Billy querido! Hay algo que nun- ro temo que eso no sea posible, ¿verdad? ÍE 1 cónsul sonrió, demostrando cierta duda. ca me peídonarás... -No sería fácil, inspector. Si van a El Cairo, ¿Qué píiede ser eílo, Elena mía?