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46 LA KIS. V ÍIK VU ñf í HEK SEE También está ntüy extendido por allá el tráfico de esclavos. Dicen qtie cottducen a esos desgraciados por los antiguos caminos y por sistema primitivo. Las caravanas viajan de noche desde luego, trabajando de día. Si andas a cata, de una información sensacr 8i al para Matt Keamey, puedo documentarte bien. Dawson H a i g no dejaba de mirar a su interlocutor j s i i s claros ojos azides bailaban... pero no de contento, precisamente. -Ya sé que hoy día él tráfico de esclavos es más intenso que nunca- -replicó- y para nosotros los ingleses el no acabar con ello es una verdadera vergüenza. -Esos traficantes a v n en cantas magnificas, que desarrollan una fuerza de cuai entá nudos; Desde el puente he distinguido alguna, un par de veces n a d a más. Generalmente, navegan sólo en las noches obscuras- -lY el mercado, ¿dónde puede estar, Jack? -Acaso en la Mecca, ciudad cerrada aún a l a civilización. Fez, en África. Y creo que también existe un mercado único en algún poblado de las márgenes del Nilo, en E p t o Sonó en la puerta un golpecito suave. ¡Adelante! -dijo Rattray. Se abrió la puerta v apareció Elena, quien, cuidadosamente, la cerró tras sí. -ij Ya les pesqué! -dijo, con los ojos brillantes de satisfacción- ¡Por fin -jCómo? preguntó Dawson Haig con ansiedad. -i He vista a la encantadora de serpientes deslizar un billete en la mano de Msr. Len Chow, en cubierta, hace tres minutos! CAPÍTULO XV EL VERDtTGO Aquella nocíhe, después de la comida, hubo baile a bordo. Dawson Haig, en un lastimoso estado de desesperación, subió a cubierta, desierta a la sazón, buscando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir. Permaneció apoyado en la baranda de estribor, a la altura del piante, contemplaíido el mar tranquilo, en dirección a la costa africana. La brisa fresca jugueteaba con aquel mechón de cabellos rebeldes, y trató de ordenar con calma sus pensamientos. El problema exigía sus máximos esfuerzos; pedía más, tal vez, de lo que su capacidad podía conceder. Por otra parte, i podía él solo conseguir algo de provecho? En todo aquello había profundidades insondables, capaces d desalentar al más decidido explorador. Y radiante, como una joya, sobre este obscuro asunto brillal Elena... Elliá era quien guíate sus pasos; ¿a qué engañarser Ella era siempre el eje de sus pensamientos. QtK Elena le hubiese ayudado dos veces, prestándole un servicio incalculable, no alteraba él hedió, comprobado por él tantas y tantas veces. Cuando más absorto creía estar en sus exploraciones sobre aquel complicado asunto, era precisamente cuando su imaginación y sus sentidos estaban concentrados esB Elena. (Desde el punto de vista profesional, o se hundía, oí llegaba a la cumbre, que colmaría el límite de sus ambiciones. Alcanzado el éxito- -y ahora lo deseaba como nunca- temía pensar esti Elena, tal como él quería verla, no como la hermana encantadora de su mejor amigo, ni como una útil colaboradora, sino como... Elena. Pero... ¿cómo conseguir las ftierzas misteiíosas que necesitaba? ¿Adonde se dirigiría, que podía hacer, inventar o realizar? Se iba a volver loco para descubrir un complot, que extendía sus redes, por de pronto, de Liméhouse a París; de París a Marsella, ya camino de Port- Said; luego, mjás allá, quién sabía hasta dónde. Y tenía que ver multiplicarse los hilos de esta red ante sus propios ojos, sin poder obrar, atado de manes, para tomar resolución alguna! Al illegar a este punto de sus reflexiones, se sintió cogido por detrás, como en un abrazo de acero, mientras le levantaban en alto, como podráa hacerlo uiu nmse con un pequeñuelo. Estaba entre las garras del ente al que Yu an Hee See llamaba El Verdugo Pero, naturalmesite, él lo ignoraba. Viéndose elevado a la altura del hombro de su asaltante, poderoso aunque invisible, comprendió, estremecido de horrorj que querían arrojarle al mar. Sus voces de socorro no serían oídas por nadie, aunque el oficial de guardia estaba cerca, sobre el puente. Pensó rápidamente en emplear los conocimientos que como policía tenía del j iu- jitsu. Pero sus puños no le servían de nada en aquellas alturas. Y la astuta garra, que demostraba pertenecer a un gran experto, le sujetaba tan sólidamente y con tal seguridad, que por rni verdadero milagro pudo contarlo. Este milagro ocurrió al comenzar su enem- igo el balanceo preparatorio para lanzarle al mar: en su garganta ahogó un grito, y entotices, en lugar de abandonarse al impulso que su enemigo desarrollaba, hizo un esfuerzo supremo para librar sus rodillas, y empezó a patear hacia atrás con todas sus fuerzas; aquel movimiento restó fuerza a su contrario, quien, adeniás, recibió un formidable taconazo en la cabeza, que le hizo soltar su presa insensiblemente. Haig cayó sobre la barandilla, quedando por un momento colgado en trance peligrosísimo. Pero en seguida se sintió de nuevo agarrado por los tobillos... Sentíase descender poco a poco, insensiblemente, hasta que vio los portillos de los camarotes ¡kiminados, los más bajos reflejados en el agua. Se desgarraba en la l randa y presentía aquel moifetruo sobre él con su silencio amenazador, colgado sobre su cabeza. Sin sfiber dónde ni cómo, consiguió agarrarse, sin dejar de patear con furia, hasta que pudo ver