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SAX KOBMER los párpados. Pero... falló su resistencia, y bajando la vista, volvió a inclinarse en. ademán de sumisión. La risa de Yu an Hee See fué subiendo de tono, hasta hacerse insoportable al oído... Fuera, en la escalera, el viejo Hassan es- Suk formulaba las preces de rigor, arrodillado de cara al Orienté... ¡Dios es grande! i No hay más Dios que Uno! II Mientras DíawsoR Haig- estuvo en eí canárote de Jack Rattray, agitábase en n movimiento continuo. Paseaba incesantemente como una fiera enjaulada; ni un segundo permanecía sentado, a pesar de intentarlo repetidas veces. ¡Qué mala suerte, hombre B- -dijo Rattray con su calma Habitual- Esto no se aclara y es un conjunto de preocopacicwíes; ¿no me oyes? ¡De tu asunto hablo í Dawson Haig, volviendo al terreno con sus largas zancadas, levm tó él puño cerrado en adeníán amenazador. -tCfespaés de todo- -continaó Kattray- no puedes qoejarte... todos te ayudamos... Y a propósito: ¿sabes qae te han descubierto! ¡Ya lo s é! Y no puedo leer los cables del doctor Oestl cpie encierran una clave indescifrable. i- Segtmda- -prosiguió Rattray- -r Dos miembros de esa e n m a r a banda están vigilando a Elena: el doctor Oestler y Mr. Chow. ¿Con qué objeto- ¿Qué tiene ella ípie ver con sus trapisondas? Digo yo... iéli? Dawson fláaig dio la vad ta y se encaró con su interkicHtor. Tienes razón, Jack- -contestó- lo he observado yo mismo, y ni me gasta ni lo entiendo. ¿Pero faé diablos significa todo esto, vamos a ver? -exclamó Rattray, sin poderse contener- ¿Qné es lo que buscan esos pájaros a Ixw do? ¡Son gente peligrosa, y algo persiguen, que nos puede dar ntás de nn disgiisto, Billy i Esa pasividad aparente de Oestlef me írrita, pues detrás de su amable síwwrtsa se esconde la más refinada maktad. En cuanto a la encantadora de serpientes anda siempre huyendo y despistando. Et sujeto de las gafas, eí iaét y Len Chow, no me inspira la menor cofilmnza, aunque no le creo importante, sino subordinado entre ellas. Queda el corpulento alemán, Hartc ai que tnzgo como el más inofensivo, y no parece de la misma calaña que los otros. X o sé, realmente, qué pensar de todo ello; créeme. -Y yo no sé qué informe voy a mandar al Jefe... Necesito llegar hasta Cokmibo. ¿Y por qué hasta Colorabo? i Hay allí alguna ramificación que pueda orientarte? iO es, quizii, que el clima de Colombo estimula el cerebro? ¡A Colombof... iBaeno estás t ú! -No tei rías ni te chancees, Jack, que esto es ana cosa muy seria. Yo me he propuesto descu- 45 brir este complot y desenmascarar a toda eáfet fentaza; me jue o en ello la prafesÍMi; si triunfo, es todo mí porvenir. Pero, pc otra parte, no puedo pretender que Seotland Yard sufrague t o dos mis gastos, que llegarán a ser exorbitantes, si esto- se prolonga. ¿Coniprendes? Ellos tne C MIsideran encargado de descubrir el- crimen de Límehouse. Ya lo sé- -dijo Rattray, esbozando una I ra sonri. sa Pero n o he creído nimca que esta gente tuviera nada que ver con aquel crimen. -Tampoco yo tengo la seguridad- -ctmfesó Haig- aun cuando creo firmeníente que existe algüri contacto; Y creo también que estoy sobre una pista, segura; perov. lo que necesito es. apo derarme de eUos- Y estí mi querido Rattray, r e quiere tiempo y astucia. F íseaba nerviosamente, ocupándose en llenar la pipa; de pronto, exclamó: ¿T e acuerdas Jack, de aquella fragata alemana que se perdió cerca de Soakím, hace, aproximadamente, nnos dos años? Jack Rattray movió la cabe? a n a t i v a m e n t e -No, amigo mío; no viajaba entonces por esa linea. ¿Por qué? -iSi no te enteraste, es inútil que te dé explicaciones. ¿No recuerdas tampoco el naufrapio del yacht americano Miss Mfnessotaf- ¡Ya lo creo! Estábaanos nosotros a cuarenta millas del siniestro. Una tía de Elena, Lady Dafcenliaro, pereció en él. ¿Pero qué diablura se te ocurre, Billy? ¡Tantas cosas se me están ocurriendo! A l gunas serán disparatadas, lo reconozco; pero, en cambio, otras... Oye: ¿y no captasteis lianiaete de socorro? Ninguna. -Entonces, ¿cómo sabes que estabais a cuarenta millas de distancia? -En el registro de n a u f r i o s así eraosta, al menos. Dawson Haig, encendiendo su pipa, pr 5: untó: -i Y no es una cosa rara que no pidieran auxilio? -No; pudo mvy bien ser un choc ne. CÍMI alguna pequeña embarcación, un dhmtr muy cateado, por ejemplo, y debieron hundirse amiiios rápidamente. ¿Había miieha níeWa? -Ejonde nosotros estábamos, n o pero en et lagar de! siniestro jjudieron niity bien coger la cola de una tormenta de arena. ¿Y eso tiene fuerza suficiente para vtn aceidettte de tal magjmtud? ¡Caramba, ya lo creo? No puedes imaginarte lo imponente que es la repercusión de ana tormenta de esas en eí Mar Rojo. -Pero quedarían algunos supervivientes, ¿no? ¿No has visto nunca le cerca n tiburón? dijo Rattray, ceñudo. Hubo un rato de silencio, durante el cual Haig nfeditaba sobre la stierte que habría, corrido fet tripulación del Miss Minessota. -i Hay mucho contrabando de drogas pt r alB í- -preguntó. ¡Enorme! Sobre todo hoshish, para, Egipto.