Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
t- A. RISA n E YÍI N ur. fi. SBK 44 Y con solicitud que se parecíamocho a la ter- cuando Yn an Hee See y su compañera penetranura, acarició las rodillas de aquella flor de estu- ron en el iluminado vednto. En el umbral del salón, que aparecía amueblado fa, con su mano gordinflona y blanda. El coche se deslizaba suavemente, casi esi si- con el ancia deslumbradora, salió a su encuenlencio, a través de la calle asfaltada, en la que tro Aswami Pasha, que, inclinándose profundabrillaban como ascuas los establecimientos de re- mente ante los recién llegados, besó apenas la creo, abarrotados de público, cuyo alborozo tras- mano que Flor de Azaliar le tendía y saludó cocendía al exterior por las abiertas ventanas. E n los rrectamente a Yu an Hee See. ijilor, he procurado por todos los medios a balcones se veían mujeres asoniadas, y aquí y allá oíase el monótono y típico caramillo, heren- mi alcance que vuestra estancia de una nodie en cia de épocas remotas, y cuyo sonido no cambia esta casa os sea grata. Dio anas palmadas, apareciendo una vieja a través de los años y de la civilización. Al llegar ante una gran mezquita, que ostentaba: árabe. Y Aswami dijo, inclinándose humillado ante un texto medio borrado del Koran encima de fa. puerta, el auto torció, pefietrando en xm estrecho la compañera de Yu an Hee See: Mjilady, vuestro aposento está dispuesto. Y callejón: bordeó uno de los muros de la mezquita, hasta llegar a lo más sombrío de su minarete, Miagreba a vuestras órdenes. Flor de Azahar, sin mirar siquiera a ninguno y el conductor viró de nuevo a la izquierda. AI entrar en un caHejón sin empedrar y que resulta- dé los dos honAres, y volando, más que andando, ba paralelo al bullicioso camino que sig tieron an- sobre los primorosos tapices, como si sus diminutes, el chauffeur disminuyó la marcha. V inte tos pies desdeñaran pisarlos, siguió a la vieja sirviente a sus habitaciones. metros más allá se detuvo, al fin. Yu an Hee See, de pie en el timbra! de la puerEl lacayo egipcio saltó rápidamente hacia la portezuela, desenrolló con toda diligencia una ta, observaba al egipcio. ¿Están aquí todos? -interrogó ea una de sus alfombra, que extendió desde el estribo del codje, siguiendo el cenagoso sendero hasta una puerta: mayores estridencias vocales, y denotanílo marcaabrióse ésta como por encanto, en uno de los mu- da ansiedad. -Toflfis, Aquí tengo la lista, me intlíca el sitio res. Manquísimos en otro tiempo y ennegrecidos donde se encuentra cada Iiombre esta noche. ya por la pátkia de los años. -No quiero verla- -dijo Yu an Hiee See, alUn viejo árabe, cort ropajes negros y un blanco turbapte, los pies flacos metidos en babudias zaíKJo su mano regordeta- i Qué más? -fHa sido identificado el detective de Scotland de cuero amarillo, aparecía en pie, junto a la puerta, sosteniendo a ía altura de su cabeza una Yárd, que viaja a tordo del iVallaroo Eistá en linterna, cuyos reííejos descubrían una cara cosi- relación con la dama americana que hal) éis tomado da de arrt as y tan apergaminada, que ganó para bajo vuestra protección. Excelencia, Yu an Hee See silbó suavemente. su poseedor el título o sobrenombre de Padre de la Astucia -Entonces, ese hombre... leyó los apuntes de Cuando Yu an Hee See descendía de! auto- mi caHiet... Así lo temo. Excelencia. ayuftaudo a la dama a hacer lo propio, el viejo Ya an Hee See, con los ojos cisi cerrados, moárabe llegó a inclinarse tanto, qtse su linterna rovió la caljeza con marcada contrariedad. zaba el suelo. -Atm así- -dijo el egipcio- ¿1 solo no pudo- Poderosísimo señor- -decía en árabe el viejo ladino- mi corazón salta de alegría al veros: jiie hacer nada. -í í a tenido tiempo de sobra para enterar a siento más bajo que el polvo mismo... y Wso otras personas. Pero no pUede saberlo todo. Ya vuestros pies. -Indícanos el camino- -replicó el chino, tam- estse hombre me fué siguiendo a Singapoore, hace a a ñ o desate entoncTes, le he perdido de vista... bién en árabe. Hubo nti instante de silencio, Cruzaron un patio embaldosado. -En las habita- ambos hombres se comprendían diwairte el cual sin hablar. El ciones de la planta baja brilíaban las luces, y el egipcio, coa s í ira ta acerada, de fiera en acemurmullo lejano de las calles céntricas llegaba cho, y el chino, con aquellas líneas oblicuas en debilitado hasta aquel rincón solitario. su faz amarilfa, pues al entrar en fa liabitación En el exterior veíase una escalera n e conducía se había quitado las gafas. Yu an Hsee See contia un balcón iltmiinado. Aquella luz procedía de dos nuaba silbando; de pronto, murmuró: celosías, que remataban el balcón en su parte sUr- -Eí verdt Ov. ¿está a íjonlo? perior. -Sí, Excelencfe. Cualquiera hubiera c r d o fundadamente, que Una pausa. aquella casa antigua, de estilo árabe, databa, sin- Hay oue instruir al doctor Oestler; tú t e endada, de aquellos remotos tiempos, en los que íllo- -dijo Yu an H c See. Egipto estaba gobernado por los Califas fe Baff- cargas de Pasha asintió afirmativamente. Y Yu an Aswami datl entre la vida impura y escandalosa de Hee See raoifñó a reír, con la obTicaa mirada Keneb, surgía como un hongo, casi oculta, pero de sus ojos absurdos vuelta hacia el egipcio, qite no desfigurada, la residencia de algún príncipe resistía sin pestañear sil risa siniestra... moderno de los negocios. Durante unos nútíütos. Aswami sostuvo aquella El árabe se echó a im lado, dejando la linterna mirada salvaje, que atorrecía profundamente, peen el balcón y ejecutó una teatral reverencia ro que mandaba sobre él, con sólo adivinarla bajó